11 de septiembre de 2016

CAPÍTULO 158: BAJO LA ATENTA MIRADA DEL PUIG CAMPANA (Parte 2)

En ese momento, siendo cerca de las 4 de la madrugada, no hicimos mucho más, aparte de sobarnos y besarnos los tres, lo que en breve caímos rendidos y me quedé dormido en el pecho de Albert, con Lluís al otro lado de la cama. No es que hubiera tenido un día especialmente duro o cansado, pero siendo esas horas suelo caer dormido con bastante facilidad y profundidad. Cuando me desperté, pasadas las doce del medio día, no quedaba nadie en la casa. Salí al salón y leí una nota de Lluís:


“Buenos días marmotilla. Nos hemos ido a abrir el bar para los aperitivos y las comidas, siéntete como en casa y haz lo que quieras. A la derecha de esta nota tienes un juego de llaves y la izquierda una carpeta con papeles que queremos que leas. Un beso enorme guapísimo”. 

Me habían dejado preparado el desayuno justo allí y abrí la carpeta que querían que leyera. Eran informes médicos fechados 10 días atrás, a últimos de julio, en los que tanto Albert como Lluís salían negativos en VIH y resto de enfermedades de transmisión sexual. En la última hoja había un post it con una cara sonriente que ponía: ¡Para que no te comas la cabeza!

Pasado una hora me vestí y me marché al bar. Apenas tenían gente, según me comentaron ellos tenían más cantidad de clientes por la noche que al mediodía. Albert, tras una conversación distendida, me explicó que no suelen tener relaciones sexuales fuera de la pareja, salvo en ocasiones especiales que se limitan a una o dos veces al año y que consideraban adecuado mostrarme esos informes para que estuviera tranquilo de que practicar sexo con ellos era seguro. Por mi parte, el último test me lo había hecho en junio y todo había salido bien, pero la verdad es que fue un detalle que aprecié, pero que, por otra parte me enseñó la pista de por dónde iban a ir los tiros aquella noche.

Me encontraba en un estado irracional que pocas veces había experimentado antes, parecía como si fuera la tercera parte de esa pareja que me trataba como si también me hubiera criado junto a ellos, con una confianza y un afecto que me hipnotizó de tal manera que estaba absolutamente atrapado en sus redes, prendado de su belleza, de sus cuerpos, de su trato y de su tacto. Y todo ello en menos de 24 horas. Encontré un paralelismo en lo que debían sentir otras personas cuando tenían relaciones sexuales con Sergio y conmigo, ¿se sentirían de la misma manera en la que me sentía yo en aquel momento metiéndome con gusto dentro de esta pareja? No veía el momento de que cerraran el bar y nos acostáramos en su cama para pasarnos toda la noche follando, sentía un deseo tan ardiente que en un momento en el que Lluís parecía dar abasto con los pocos clientes que había, cogí a Albert de la mano, me lo llevé al baño del bar, eché el pestillo, le bajé los pantalones (no llevaba calzoncillos) y le hice una mamada hasta que se volvió a correr en mi boca. Algo que me pone muchísimo es coger una polla morcillona con mi boca y sentir cómo se va endureciendo dentro de ella. Él no dijo nada, se dejó hacer, me sobó el culo, los pectorales y me forzó (vamos, tampoco tuvo que forzar mucho) a que le comiera los huevos enormes que tenía. Al terminar, dijo:

- Espero que tu culo sea tan tragón como tu boca, porque esta noche te voy a dar bien.

Acto seguido me morreó durante varios segundos con abundante uso de la lengua y de saliva, me sobó la polla por encima del pantalón, abrió la puerta y se marchó a ayudar a Lluís. Así que si ya estaba caliente antes de hacerle la mamada exprés en el baño, ahora tenía poco menos que fiebre. Estaba totalmente prendado de su polla perfecta y entendía bien como Lluís también estaba rendido a aquel hombre en el que Albert se había convertido desde la infancia. Cuando salí del baño me estaba esperando Lluís, quien me dio un beso y me susurró al oído:

- Los dos somos muy activos Marcos y tenemos ganas de culo tragón… -dijo dándome una palmadita en el culo.

El resto de la tarde no tuvo ninguna connotación sexual más. Seguimos charlando, salí con Lluís a dar una vuelta por el pueblo, paseamos por la playa y a eso de las ocho volvimos al bar. Afortunadamente, ese día no cerraron muy tarde y aprovechando que pasadas las once de la noche no quedaba nadie dentro, cerraron las puertas del bar y entre los tres recogimos, recargamos las cámaras, las cafeteras, limpiamos y cuando todo estuvo listo nos fuimos de nuevo al apartamento para disfrutar de una ligera cena, darnos una ducha (esta vez individual) y pasar a aquella enorme cama.

Esa noche el brillo de la luna llena era tal que no necesitábamos de velas o luz en la habitación para ver, era realmente asombroso poder ver la luna a través del ventanal de su habitación decorando la parte alta de aquella enorme montaña llamada Puig Campana que parecía vigilarnos constantemente usando la luna para poder ver lo que iba a ocurrir entre aquellas sábanas de algodón fino. Al ser el último en ducharme, cuando llegué a la habitación Albert y Lluís me esperaban desnudos en la cama besándose tiernamente y con dulzura. Me invitaron a colocarme entre ellos, en el medio, y empezamos a besarnos los tres con profundidad, dedicación y ternura, más que con desenfreno como otros encuentros sexuales. No tardamos ni un minuto en estar los tres empalmados cuando tomé la oportunidad de empezar a recorrer con mi lengua todo el cuerpo de Albert, que descansaba boca arriba sobre la cama. Como un gato agazapado, me coloqué a cuatro patas encima de el y empecé a trabajarle los pezones y a chuparle cada uno de los músculos que formaban parte de su pecho y abdomen. En el momento en el que tuve su gran polla dura como una roca frente a mis ojos, no dudé en seguir utilizando mi lengua y empezar a degustar el sabor de aquel capullo enorme que colmaba mi boca. Noté como Lluís se movía y segundos más tarde sentí su lengua ensalivada tratando de hacerse un hueco en el agujero de mi culo. No pude evitar gemir de placer cuando sentí su lengua penetrando mis entrañas y su mano ordeñando mi polla. Me trabajó el culo con dedicación, sin prisa, usando lubricantes durante largo rato en el que yo seguía amorrado al pollón de su marido, que parecía disfrutar como nunca de aquella mamada que estaba recibiendo:

- Levanta el culo -dijo Lluís cogiéndome suavemente de las caderas con sus dos manos. 

Asentí y Albert aprovechó para deslizarse debajo mía como un mecánico que desliza debajo de un coche para comprobar que todo está bien. Ya no tenía su polla en mi boca, ahora lo que tenía eran su lengua y labios besándome con una pasión tal que cuando Lluís me introdujo su polla no sentí ningún dolor hasta que me la metió entera y su pubis chocó contra mis glúteos. Gemí de cierto dolor y placer que Albert trató de calmar continuando con sus tiernos besos. No estaba nervioso, ni inquieto. Me sentía cómodo y eso ayudó notablemente a que dilatara con mucha más facilidad. Lluís empezó a follarme con mucha ternura, poco a poco y suavemente durante los primeros minutos. Me gustaba su forma de follar porque la metía y la sacaba prácticamente entera y se movía muy bien. Llegado el momento en el que seguía en mi posición a cuatro patas, Albert salió y volvió a meterse debajo de mi primero con la cabeza, de tal forma que me quedó su polla a la altura de la boca. En ese momento, Lluís empezó a follarme con una fuerza que no esperaba de él y Albert me ordenó que le chupara la polla sin parar. Así que me la metí entera en la boca y la chupé suavemente dadas las envestidas de Lluís, que ya empezó a gemir de absoluto placer diciendo frases del tipo: "Qué culazo tienes Marcos, como traga, joder". Cuando indicó que le quedaba poco para correrse, Albert cogió mi polla como si se tratara de la ubre de una vaca y me pajeó sin parar. Cuando sentí la explosión de Lluís dentro de mi culo, me corrí en la cara de Albert irremediablemente, quien se afanó por recoger con su lengua cuanta más leche mejor. Lluís sacó su polla de mi culo con delicadeza y cayó rendido y sudado al otro lado de la cama. Sin embargo, Albert no me dejó descansar. Estando allí debajo mía, puso sus manos en mi culo, me echó hacia delante y colocó su boca en mi agujero lamiéndomelo de tal manera que recogió la leche de Lluís que salía de mi culo. La situación era tan sumamente morbosa que, a pesar de haberme corrido, seguía teniendo la polla durísima. 

Después de haberme lamido el culo todo lo que quiso y algo más, nos tumbamos los dos en la cama y Lluís trajo una de esas pipas de las que fumábamos una especie de tabaco con sabor a cereza (no soy ni he sido fumador, pero ese día me dejé llevar por el embriagador aroma de aquello que fumábamos). Después me enteré que lo que fumábamos apenas llevaba tabaco, sino una mezcla de hierbas puramente afrodisíacas. Y fue justo ahí, cuando terminamos la pipa, cuando Albert habló:

- Bueno, ahora me dejarás follarte a mi, ¿no?

Debí poner tal cara que se echó a reír. No es que estuviera cansado, claro que no, es que el grosor y tamaño de su polla me asustaban de sobre manera. Albert abrió un cajón y sacó un pequeño frasco de color negro.
- Si hueles un poco de esto mientras te la voy metiendo, te encantará cómo mi polla entrará a tu culo.

Esa iba a ser la primera vez que probaría lo que aquel frasco contenía. Lluís en aquel momento se despidió cerrando la puerta tras de sí deseando que lo pasáramos bien, lo cual me sorprendió porque pensé que seríamos los tres durante toda la noche. Albert se ofreció a darme un masaje mientras descansábamos un poco y me dejé hacer tumbándome boca abajo y sintiendo como sus fuertes manos se deslizaban por todo mi cuerpo con una mezcla de suavidad y, a la vez, fuerza en cada parte que tocaba. Primero empezó por los hombros, cuello, bajó por la espalda, se saltó los glúteos, comenzó por los pies y fue subiendo masajeándome las piernas hasta que llegó a la zona inguinal. Para ese momento yo volvía a estar totalmente cachondo, cosa de la que Albert fue testigo ya que me pidió que me diera la vuelta y se sonrió con complacencia cuando vio que la tenía dura. Colocó mis piernas sobre sus robustos hombros e introdujo su lengua, de nuevo, en mi culo. A pesar de que ya lo tenía bastante currado, volví a ver las estrellas de placer cuando aquella lengua húmeda se abría paso con facilidad en mi agujero, ayudada por los gruesos y ensalivados dedos de su mano derecha. Albert se incorporó levemente manteniendo mis piernas sobre sus hombros, se untó la polla de lubricante (que vista a la luz de la luna empezó a brillar con el aceite del ungüento que se aplicaba) y con mucha suavidad comenzó a introducirme su enorme glande:

- Coge el tarro y huele un poco, sin pasarte.

Accedí a su instrucción, destapé aquel bote y olí el tarro primero por una fosa nasal y luego por la otra. Desde ese momento todo ocurrió muy rápido: sentí que mi corazón se aceleraba, mi visión se tornó levemente borrosa, pero no sentí malestar alguno, todo lo contrario, sentí una especie de clímax con mi polla poniéndose más dura y la de Albert abriéndose camino con mucho menos dolor del esperado. Todas aquellas sensaciones se desvanecieron en poco más de un minuto. Albert también inhaló un poco y yo volví a repetir una segunda y última vez para facilitar que su polla entrara entera. Cuando los efectos se iban, el dolor regresaba, pero esta vez fue Albert quien, manteniendo su polla dentro de mi, se inclinó sobre mi pecho, rodeando con mis piernas su duro culo y empezó a besarme apasionadamente. Cuando lo hacía, con esa forma de mover su lengua y la suavidad de sus labios sobre los labios, me hacía olvidarme del dolor sin necesidad de ningún producto adicional más. Volvió a incorporarse y tal y como había hecho Lluís, empezó a follarme el culo con mucha suavidad, sacándola casi entera y deleitándose con la mirada contemplada como su polla volvía entrar en mi culo. Se notaba que ver aquella imagen le ponía muy cachondo. Sin sacarla, cambiamos de posición: me coloqué de lado en la cama con él detrás abrazándome, mi pierna derecha ligeramente flexionada y levantada para facilitar el polvo y con su fuerte mano en mi abdomen comenzó a follarme a un ritmo que calificaría como puramente sensual: ni muy rápido, ni muy lento, ni muy fuerte, ni muy flojo. Todo en su punto y fue ahí cuando empecé a sentir un placer tan brutal que me fue imposible dejar de gemir. Albert empezó a comerme el cuello justo en el momento en el que la luna se situaba en la parte de la montaña que simula una ventana. Cogí su mano, que apretaba mi abdomen, para ponerla en mi polla y me pajeó con suavidad hasta que llené sus sábanas de leche ante la atenta mirada del Puig Campana. Albert aceleró muy levemente el ritmo y dando varias sacudidas algo más fuertes se corrió dentro de mi, con su lengua jugando en mi oreja y su aliento calentando mi cuello. No nos movimos al terminar, se quedó abrazado a mi con su polla dentro y yo me cogí de su brazo contemplando aquella bella imagen a través de la ventana de su habitación.

Pasados unos minutos fuimos al baño a asearnos y aproveché para coger a Lluís de la mano y traerle a la cama con su marido, sin embargo ambos insistieron para que fuera yo quien durmiera en el medio con un brazo de cada uno cubriendo distintas partes de mi cuerpo.

La relación con ellos nunca se enrareció por la estrecha relación que tuvimos ese fin de semana, más bien todo lo contrario, ya que podría decirse que el sexo con ellos se ha convertido en algo habitual cada vez que me escapo por la zona. 


5 de septiembre de 2016

CAPÍTULO 157: BAJO LA ATENTA MIRADA DEL PUIG CAMPANA (Parte 1)

Cuando eres niño y tus padres te llevan a la playa esperas pasarte los días construyendo castillos de arena y chapoteando en las templadas aguas del mar mediterráneo todo el tiempo. Si por mi hubiera sido, me habría tirado las horas muertas jugando en el agua sin parar para subir a casa a comer o echarme la siesta. Los días en la playa eran pura rutina, sin embargo siempre diré que una de las ventajas de la infancia es que hacer amigos es mucho más fácil. 

Recuerdo como si fuera ayer la mañana en la conocí a Albert y Lluís. Con unos 8 años estaba, como cada mañana, en la playa con mi familia, la sombrilla, las esterillas y todos los demás bártulos. Mi padre era de los que bajaban temprano, ya que en una playa como aquella bajar más allá de las 11 de la mañana implica tener que ponerte en 7ª u 8ª fila como poco. Desde hacía unos días había un par de niños que se ponían cerca nuestra en la playa. Bajaban con su tío, porque así se dirigían a él, y se pasaban la mañana en la orilla de la playa jugando el uno con el otro. Uno más moreno, alto y con carácter y el otro más blanco, castaño y más tímido. Di por hecho que eran hermanos, porque además llevaban el mismo bañador y la misma camiseta. Un día de esos en los que no me podía bañar por estar la bandera roja me dio una pataleta y empecé a gritarle a mis padres de forma continuada esa frase de: ¡me aburro! Cuando ya empecé a ponerme pesado y mis padres no sabían bien qué hacer, vi cómo Albert (harto de escucharme) se dirigía hacia mi con paso firme, se paraba delante de nuestro tenderete y les espetaba a mis padres:

- ¡Disculpen! ¿Me dejan llevármelo a la orilla para que no siga gritando?

No esperó contestación ni aprobación por parte de mis padres, sino que simplemente tomó mi mano con fuerza y con más fuerza aún me arrastró hacia la orilla y me sentó junto a Lluís y sus varios rastrillos y cubos de juguete. Al principio me crucé de brazos y no hice nada, pero como decía antes, hacer amigos en la infancia es más sencillo y al cabo de unos minutos estaba jugando con ellos como si nos conociéramos de toda la vida. Mis padres estaban encantados y congeniaron bien con el tío de los niños, así que durante aquel verano y los siguientes me los pasé pasando con estos dos muchachos, a la par que por las tardes me iba con mis amigos de la playa de siempre.

Albert y Lluís eran alicantinos, pero no eran hermanos. Sus madres eran amigas de toda la vida y los muchachos se habían criado juntos y hecho inseparables. Con apenas cuatro años los padres de Lluís se divorciaron, el padre se marchó a Argentina a rehacer su vida dejando todo atrás y su madre murió poco después tras un atracón de antidepresivos. Ante la carencia de más familia que se quisiera hacer cargo de él, Lluís fue acogido por la familia de Albert como uno más y vivían en Altea durante el invierno y periodo escolar y en el verano el tío de Albert se los traía a esta zona, en la que tenía un apartamento. Pese a tener la misma edad, Albert ejercía claramente de hermano mayor, protector y Lluís era como el hermano pequeño sensible que necesitaba ser protegido constantemente. Pese a todo, los dos eran niños muy abiertos, sociables y con una relación tan cercana que resultaba envidiable aunque no fueran hermanos de sangre. 

A veces la sociedad es cruel. Cuando los niños dejan de ser niños y comienzan el tránsito a la adolescencia, les empezaron a tachar de mariquitas en el colegio y, posteriormente, en el instituto. Albert, con su marcado carácter, se metía en peleas o enfrentamientos semana sí y semana también para defender a Lluís. Como se sabía que en realidad no eran hermanos, esa unión tan cercana entre ellos (que muchas veces iban de la mano o se daban abrazos repentinos) daba mucho que hablar. Incluso mis padres lo comentaban algunas veces. Ya con 14 años intenté integrarlos en mi grupo de amigos de la playa, pero aquello fue un absoluto desastre, dado que mis amigos tampoco sabían aceptar su ‘extraña’ relación y surgieron muchos enfrentamientos. El punto de distancia en nuestra relación lo marcó un hecho ese mismo verano, cuando comiendo en casa de su tío, les pillé dándose un beso en una habitación. Un beso en la boca y con buena dosis de lengua. Y el Marcos de 14 años que empezaba a cuestionarse su propia sexualidad quiso huir de aquello y marcar distancias, no fuera a ser que mis amigos de la playa fueran a extenderme a mi aquello de ‘maricón’ también.

Pese a todo, Albert y Lluís me siguieron llamando cada verano, nos seguimos viendo alguna que otra vez y siempre se me quedará una frase que me dijo Albert un año después:

- Cuando quieras acordarte de nosotros, mira hacia el Puig Campana, que en los días claros y despejados es visible desde esta playa.

La leyenda de la montaña del Puig Campana, que da cobijo y sombra al municipio de Altea y es una de las más altas de Alicante, es una historia épica de amor en la que un caballero hizo un agujero en la montaña para proteger a su amada de una maldición que le quitaría la vida con el último rayo de sol que se pusiera por ella. Posteriormente, el caballero lanzaría ese trozo de piedra al mar dando lugar al islote que se ve frente a las playas de Benidorm. 

Años después, en un verano como aquel en el que me encontraba en la playa sin mis amigos Sergio y Dani, la llamada por sorpresa de Albert me despertó de unos días de cierto letargo en los que no tenía ganas ni de ir de cruising. Hacía tres años que no recibía su llamada, cosa comprensible ya que el año anterior sólo les pude dedicar un café de hora y media y poco más. Albert era un chico muy cálido en sus palabras, me había cogido mucho afecto y ningún rencor por el distanciamiento que yo puse hacía una década. Estuvimos hablando largo rato y en vista de que la conversación no tenía fin, me invitó a pasar el fin de semana con ellos en Altea. 

Lo cierto es que les había ido razonablemente bien en la vida. Acabaron el instituto y decidieron no ir a la universidad como el resto de su entorno, sino hacer un grado superior en turismo. Invirtieron el dinero que dejó la madre de Lluís, tras su fallecimiento cuando éste era pequeño, en comprar un coqueto local en el centro de Altea y abrir un pequeño bar con un concepto diferente. Decorado con motivos árabes, se trataba de un bar en el que podías tomar cualquier cosa en un ambiente relajado, sin gritos y respirando tranquilidad. Además, Albert había comprado un pequeño ático no muy lejos de allí donde ambos se habían independizado. Sí, Albert y Lluís formalizaron su relación de pareja a los 17 años y a los 23 se casaban en el registro civil del propio Altea. 

Preparé una pequeña mochila con lo imprescindible para el fin de semana, cogí el coche y me planté en su pueblo en poco más de hora y cuarto de aquel viernes por la tarde. Habíamos quedado en su bar, estaba claro que no podían cerrar un viernes por la tarde máxime tratándose de un sector tan esclavo como es el de la hostelería. La pareja que me encontré dirigiendo aquel encantador bar era muy diferente a la que yo recordaba. Me encontré con un Albert moreno, con barba muy rasurada, unos brazos de impresión decorados con algún tatuaje que otro, un culo redondo y apretado y unas facciones masculinas (que siempre las tuvo) muy marcadas. La sorpresa también me la dio Lluís, que sin estar tan cachas como su marido, bajo aquella fina camiseta de tirantes se veía un bonito cuerpo fibrado y lampiño. Me dieron un profundo abrazo con el que me confirmaron que aquella calidez de sus palabras al teléfono se traducían un sentimiento real de amistad y aprecio por mi, que llegó incluso a ruborizarme. También se fijaron en que yo estaba más fuerte que antes y empezamos a comentar las rutinas de gimnasio y ejercicio que seguíamos. Me invitaron a una cerveza artesanal hecha en el pueblo y, con una confianza que me volvía a impresionar, me dieron un juego de llaves de su piso y me indicaron donde estaba, por si quería ir a dejar mis cosas allí. Rechacé la invitación y me quedé echándoles una mano en el bar, hasta que pudimos cerrar pasada ya la media noche. 

Su casa estaba a menos de diez minutos del bar. Se trataba de un antiguo edificio de tres plantas situado en la parte final del pueblo, solo equipado por unas estrechas escaleras. El piso de los chicos se parecía mucho al estilo con el que habían decorado el bar: colores vivos al temple en las paredes, motivos árabes sobrios, cojines en el suelo y lámparas que daban luz de colores tenues. Según se entraba había pequeño recibidor que daba acceso al salón con cocina americana incluida. El salón tenía dos ambientes: uno con cojines en el suelo y una mesa bajita, y otro más amplio con sofá-cama, mesa plegable, sillas y varias estanterías. Su habitación era del estilo con una cama enorme de 1,50, un par de espejos en el techo y un amplio ventanal que daba al Puig Campana. Lo más impresionante era el baño: lo habían reformado quitando una habitación y habían puesto una bañera enorme, que por lo menos medía dos metros de largo por dos de ancho. 

Cenamos un hojaldre de espinacas que había preparado Lluís, bebimos vino blanco de la tierra y nos pusimos al día con una cháchara que no tenía fin y en la que tocamos todos los temas rememorando nuestra infancia y, sobre todo, poniéndonos al día. Además, Lluís había preparado también unos pequeños bollitos de almendras que tomamos de postre con crema de orujo bien fresquita. Me sentía como en casa desde que crucé la puerta y, en cierta parte, envidié la relación que tenían.

Pasadas las dos y media de la madrugada, me dijeron que se iban a dar un baño antes de acostarse y que después prepararíamos el sofá-cama. Mientras ellos se metían al baño, les eché una mano recogiendo lo que habíamos ensuciado hasta que la voz de Albert me llamó:

- ¡Marcos! ¿Puedes venir? –dijo desde el baño.

- ¿Puedo pasar, chicos? –dije desde la puerta del baño.

- Sí, claro –contestó Lluís.

Estaban en la bañera metidos con abundante espuma el uno enfrente del otro. Habían encendido una pipa y el ambiente era embriagador, ya que aparte del olor sólo había la luz que daban un par de velas y un cirio. 

- Aquí cabe uno más, si te animas –dijo Albert poniéndose de pie y dejando sus grandes atributos a la vista. 

- Ánimate Marcos, se está en la gloria en esta bañera - dijo Lluís.

Así que, frente a la mirada de ambos, me desnudé por completo dejando mis ropas en suelo y cogiendo a Albert por su mano derecha me metí con cuidado en aquella bañera y me puse a su lado. Albert pasó su brazo por encima de mi hombro y me estrechó junto a él:

- ¿Tienes frío, Marcos? –preguntó.

- Ahora mismo, ninguno –respondí mirándole a los ojos, justo antes de que su cabeza se girara y me diera un beso en la boca humedeciendo su lengua con la mía.

Me quedé mirando a Lluís que contemplaba la escena con una sonrisa cómplice y asentía con la mirada a modo de aprobación. Seguí besándome con Albert largo y tendido hasta que mi polla erecta asomó por encima de la espuma.

- Pero… qué tenemos aquí Marquitos… -susurró Albert cogiéndome la polla y empezando a pajearme suavemente.

Eché mi cabeza hacía atrás apoyándola en el respaldo de la bañera mientras que la lengua traviesa de Albert se perdía en mi cuello y oreja, en la que susurró:

- ¿Dejas que Lluís te haga una mamada?

- Claro… -respondí.

Y acercándose como un gatito temeroso desde el otro lado de la bañera, desenroscando sus piernas de las nuestras, Lluís se metió mi polla en su boca y me la empezó a chupar con una suavidad que provocaba un placer brutal.

- ¿Cuántas veces puedes correrte en una noche? –susurró Albert de nuevo en mi oreja.

- Según lo caliente que me pongáis… -susurré yo.

- ¿Es que aún no tienes el suficiente calor? –dijo Albert llevando mi mano derecha a su enorme polla tiesa, que empecé a pajear y acariciar bajo el agua.

Estaba apunto de correrme y cogí la cabeza de Lluís con las dos manos suavemente y con mimo para decirle que parara, que me iba a correr. Lluís miró a Albert y éste se acercó a mi oreja y susurró de nuevo con su masculina y profunda voz:

- ¿Le darías de beber tu leche? A Lluís es lo que más le gusta…

No respondí. Cogí la cabeza de Lluís de igual manera que antes y le introduje mi polla en su boca de nuevo, para que la siguiera mamando con la misma suavidad que hasta entonces. Entonces, Albert, en un movimiento brusco, se puso de pie en la bañera frente a mi y por encima de Lluís, que quedó bajo el arco de sus piernas, y me introdujo su enorme pollón en la boca. Una polla que mediría fácilmente 20 centímetros, con un gran capullo que me entretuve en saborear como si fuera un helado derramándose y en ese momento, cuando apenas le había dado un par de lametazos, experimenté una sensación única: la de correrte en la boca de quien te la está chupando a la vez que la polla que tienes en tu boca empieza a llenarte la boca leche, hasta tal punto que se te desborda por la comisura de los labios. Los tres nos fundimos en un momento de gemidos y Lluís se puso de pie junto a su marido, quien le pajeó durante unos 25 segundos y me derramó su leche en mi cara. La polla de Lluís tampoco estaba nada mal, algo más fina, pero de fácilmente 18 centímetros. Pasado este momento de éxtasis, nos quedamos relajados y abrazados en la bañera fumando ese aroma a cereza que se respiraba por aquella pipa, nos enjabonamos mutuamente dedicando cierto tiempo a morbosear en los agujeros de nuestros culos, aclaramos, secamos y me ofrecieron pasar a su cama. 




6 de julio de 2016

CAPÍTULO 156: TU OLOR A RABO ME LA PONE DURA

He de admitir que tras la fatídica experiencia que viví con Fabián me costó un tiempo, algo más del que ha tardado esta entrada en ser publicada, rehacer mi vida afectiva y sexual. Leído por aquí todo parece muy sencillo: pobre chaval de 18 años que se acababa de llevar un chasco, ¿en qué pensaba? Pues pensaba en lo que una persona con mucha más experiencia que yo me había hecho sentir. Hasta este momento, en mi vida, todas las experiencias que había tenido se habían limitado al sexo interesado: con El Peque, El Cata, Lolo, los malotes... Todos ellos estaban explorando su sexualidad y decidieron hacerlo conmigo, de lo que no me quejo por cierto, pero la cosa es que mi final feliz estaba todavía pendiente. Pensé que mi historia con Fabián sería esa en la que me iba a echar un novio y ya después se vería lo que duraba o dejaba de durar, pensaba que tenía mi historia de amor ahí, al alcance de los dedos, con un chico que me cautivó desde el principio. Y preso de su cautividad me costó mucho volver a salir a luz.

El comienzo de la universidad, del que ya os hablaré en otra ocasión, la llegada de amigos nuevos, los comienzos en la noche madrileña y la preocupación de los amigos de toda la vida hicieron el trance mucho más fácil de llevar. De pasarlo mal al principio y no dar crédito a lo que te está sucediendo, a empezar a dejar de pensar en él tanto y acabar por darte igual unos meses después. Justo el tiempo en el que te vuelves a sentir capaz de volver a estar con otro tío. Justo el tiempo en el sexo vuelve a despertar en ti y lo hace gritando a viva voz.

Así, en una templada noche de viernes de primavera del mes de abril, mi hambre sexual volvió a despertar. ¿Sabéis ese momento en el que las pajas dejan de ser suficiente y necesitas ese "algo más" para saciarte? Pues así me encontraba aquella noche, recordando y siendo consciente de que el último polvo que había echado había sido aquel de despedida con Fabián en su piscina. Tenía ganas de todo: activo, pasivo, chupar, que me chuparan, magrear, comer boca... En definitiva, tenía ganas de estar con un buen tío a mi lado que me diera un rato de buen sexo, de ese que no te compromete a nada, de ese en el que lo das todo.

Entonces las apps de ligue todavía no estaban ni en proyecto, pero los chats eran mucho más útiles que ahora. Sí, siempre han estado llenos de calientapollas que no quieren más que hacerse una paja con morbo detrás de la pantalla, o de esos que prefieren hacerlo todo por webcam "sin caras", o de esos que se divierten haciéndose pasar por quienes no son (cosa que nunca podré entender, lo siento). Sin embargo, como he dicho antes, aquella noche no estaba yo para tonterías a través de una pantalla, aquella noche quería tema, tema real. Fijaos que a pesar de mis gustos por el cruising, aún dormidos en esta época, fui bastante tradicional, pues esa noche quien me encandiló fue un chico cuyo nick era "TuOlorMePone24". Hasta ese momento había pasado bastante de los tipos a los que les iban el rollo pies, olores y cosas que se salían de lo común. Pero este chico resultó estar en la ciudad de al lado, con sitio y parecía querer tema de verdad. Además, el hecho de que fuera unos años mayor que yo le daba un extra. Estuvimos largo rato hablando por el chat, conociéndonos, hablando con absoluta normalidad aún sin caer en el tema sexual, hasta que en un momento en el que la conversación se calentó decidí dar un paso adelante y decirle que tenía ganas de follar. Así, sin más rodeos. Nos agregamos al Messenger, nos pasamos unas fotos porque él no tenía cam, nos molamos, me dio la dirección y antes de cortar la comunicación me hizo la siguiente pregunta:

- ¿Te vas a duchar antes de venir?
- Sí, tío, para estas cosas me va la higiene -respondí.
- ¿Y si te pido que no te cambies los calzoncillos y traigas los usados te pensarás que soy un raruno? -insistió.
- Hombre, raruno no, pero eres el primero que me lo dice -expliqué.
- Es que el olor a rabo me la pone dura. No hay nada que me la ponga más dura que un tío que venga de un día fuera, con los gayumbos currados... Pero a ver, de un día, si están cagaos y eso, quita, quita jajaja -aclaró.
- Me duché ayer por la tarde, si quieres no lo hago...-insinué.
- Pfff me la estás levantando solo de pensarlo -reafirmó.

No me preguntéis por qué, pero aquella simple conversación también me calentó a mi más de la cuenta. Me limité a lavarme un poco los sobacos y los pies, me vestí y salí de casa diciéndole a mis padres que me iba a tomar algo con unos amigos. No hicieron más preguntas, nunca fueron excesivamente entrometidos en mis planes. Solo preguntaban a dónde y cuando volvería. Nada más.

Me bajé andando hasta la parada del autobús interurbano que me llevaba justo a su calle y 25 minutos después estaba llamando a la puerta de su casa. Cuando me abrió y nos presentamos, las sonrisas de nuestras caras y la chispa en nuestros ojos significaba algo así como: joder, estás mucho mejor en persona. Y sí, aquel chaval, que fácilmente pasaría por tener 20 años, era tan alto como yo, fibrado (me abrió la puerta solo con pantalones cortos de deporte), sin un pelo en el cuerpo, masculino y con la voz muy grave. Se me puso morcillona sin haber acabado de entrar a su casa, un piso típico de las grandes ciudades dormitorio del sur de Madrid.

No le di tiempo a que me ofreciera nada, sino que tras la típica conversación de 3-4 minutos de cuando acabas de conocer a alguien, le empotré contra una de las paredes del salón y le empecé a comer la boca y sobarle el cuerpazo que tenía con bastante desenfreno. A pesar de sus gustos, he de decir que el chaval estaba limpio como una patena y olía a gel de ducha. Entre morreos y magreos de cuerpo, me cogió la mano y me llevó a una habitación donde tan solo había una cama de 1,20, una mesilla y una pequeña lámpara envuelta en una especie de tela azul oscura que daba a la estancia un aire de privacidad brutal. Esta vez me apoyó el en la pared y con calma empezó a quitarme la ropa. Primero me quitó la sudadera deportiva que llevaba tirándola al suelo, se entretuvo unos segundos tocándome los brazos y comiéndome el cuello, después me quitó la camiseta y se entretuvo unos minutos lamiéndome todo el pecho, abdomen y, especialmente, las axilas (en las que si aún quedaba algún resto de jabón, él se esforzó en quitármelo). Entre tanto lametazo, de cuando en cuando bajaba una de sus manos y me bombeaba el paquete, que me iba a estallar allí bajo aquel apretado pantalón vaquero oscuro. Si hacía algún intento de tocarle o besarle, me llevaba un dedo a la boca para que lo lamiera con una sonrisa que enamoraría a cualquiera y me frenaba en seco. En ese momento se arrodilló en aquel suelo blanco de terrazo, me desabrochó el pantalón, me lo bajó por los tobillos y se quedó contemplando mi paquete:

- Slips negros. La mejor opción -dijo sonriendo.

Me los empezó a oler con mucha calma y entretenimiento, pasaba su boca por encima de mi polla y mis huevos sin lamerlos, después volvía a oler y gemía llevándose la mano a su propio paquete, más tarde ya empezó a lamer la tela quedaba encima de mi polla y huevos dejándola totalmente húmeda. Se bajó el pantalón de deporte (no llevaba ropa interior debajo) y se empezó a pajear suavemente mientras seguía lamiendo con deleite mi gayumbo. Al verle la polla, rosadita, de grosor normal y de unos generosos 18 centímetros, totalmente depilada, mi boca empezó a salivar de forma desmesurada. Se dio cuenta en una de las pocas veces que subía la mirada a mis ojos y me dijo:

- Tranquilo, que vas a poder chupármela todo lo que quieras. Me puedo correr hasta 3 o 4 veces en poco tiempo. Además, si tu supieras lo que me pone tu olor a rabo...

Y, efectivamente, atrapando mi paquete tratando de metérselo entero en la boca, aceleró la paja y se corrió abundantemente allí en el suelo:

- Túmbate boca abajo, porfa -dijo, sacando un rollo de papel de la mesilla y limpiando la corrida.

Dos minutos después tenía al chaval comiéndome el calzoncillo por la parte del culo con auténtica pasión y gemidos sin parar. Tras estar un rato lamiéndome el calzoncillo, me los quitó, me dio la vuelta y me empezó a hacer una mamada con muchísima cantidad de saliva, tanta que yo creo que tuve que poner los ojos en blanco del placer que sentía teniendo mi rabo y mis huevos envueltos en aquella saliva caliente. Al notar que me quedaba poco para correrme, se puso del revés encima de mi y empezamos a hacer un 69. Su polla estaba buenísima, eso o las ganas de sexo que tenía, no se, pero la recuerdo como una de las más duras, más en forma y más ricas que me he comido nunca. Cumplió su promesa de dejarme mamar todo lo que quisiera dejando de chupármela a mi cuando notaba que me iba a correr, pero llegó un momento en que le dije:

- No puedo más, necesito correrme.
- ¿Quieres que me corra contigo? -preguntó en un susurro.
- Claro.

Se volvió a meter mi polla en la boca y envolviéndola otra vez en su abundante saliva me empecé a correr sin remedio. Tras notar las primeras gotas de mi lefa en su boca, se debió de poner tan cachondo que me empezó a dar pollazos en la garganta con fuerza y se me empezó a correr en medio de mi corrida. Una lefa bastante atípica, ni dulce, ni amarga, de las más deliciosas que he probado (Sí, ya se que no que está bien eso de correrse en bocas ajenas, pero tenía 18 años y muchas ganas) y acabamos los dos con lefa chorreando por la comisura de nuestras bocas.

- Joder, tío, estabas necesitado, ¿eh? -me dijo, de buen rollo.
- ¿Tanto se nota?
- ¿A los que lleváis tiempo sin follar? Muchísimo, pero es positivo, a mi me mola mazo, os ponéis muy cerdos que es lo que más me gusta.
- Pufff es que estás bastante bien tío, las fotos no te hacen justicia. Y la chupas de bien...
- ¿Te molaría saber cómo follo, también? Podemos parar un poco si quieres.
- Claro tío.
- Tu estás mazo de bueno también. Es difícil encontrar tíos de tu edad, con tu cuerpo, que no tengan mazo de pluma.

No obstante, aquella noche no podría ser. Su teléfono sonó cuando estaba en el servicio y tras cortar la comunicación, se acercó al baño y me dijo que sus padres iban a llegar antes de lo previsto, pero que podía ducharme si quería. Y lo hice, más que nada porque era consciente del olor a saliva y a sexo que llevaba encima. Cuando empezó a caer el agua templada sobre mi cuerpo, el chaval se metió a la ducha y empezó a besarme la espalda y pasar suavemente sus dedos por el agujero de mi culo:

- Qué pena no poder follártelo hoy... dijo.

Nos dimos una rápida ducha con un algún morreo entre medias. Nos secamos, me vestí, tomé un vaso de agua y nos despedimos. Al salir del portal me encontré con un matrimonio de unos 40 años que, días después, confirmé que efectivamente eran sus padres. 

Por los pelos. 





8 de junio de 2016

CAPÍTULO 155: UNA JOVEN PROMESA CAÍDA EN DESGRACIA (Parte 3)

La noticia de que Fabián había cancelado la boda con su pareja sentimental me cogió totalmente por sorpresa. Después del éxito de las fiestas, de nuestro acalorado encuentro en la caseta del recinto ferial, me quedé en casa de Fabián un par de días más hasta que mis padres regresaran de la playa. Su pareja siempre había sido muy amable conmigo y varias noches la oí gritar de placer al echar polvos con Fabián, con lo cual que diez días después llamara a mi padre para decirle que la boda no se celebraría me hizo ilusionarme y pensar que quizá se habría dado cuenta de que tenía sentimientos por mi más allá de su utilización política.

Así que al poco tiempo de enterarme le mandé un sms, entonces las aplicaciones tipo Whatsapp aún ni estaban en proyecto, para ofrecerle mi apoyo en todo el sentido más completo de la palabra. Fabián se estaba desvinculando lentamente de la dirección regional del partido y focalizando su atención cada vez más en el municipio del que era alcalde. Esto fue algo por lo que me vi perjudicado, ya que sin su influencia y apoyo diario, los que nunca estuvieron a favor de mi nombramiento empezaron a rebelarse. Por cosas que escuchaba en casa y en la sede, algunos daban por hecho que su desmedida ambición le había pasado factura y que 'todos' estaban de acuerdo en que debía centrarse en mantener su municipio para el partido. No era un pueblo grande, pero sí de los pocos de la zona sur de Madrid que les votaban, además desde que Fabián era alcalde, habían aumentado también los votos al partido en otras elecciones de ámbito regional o nacional. Y las próximas autonómicas, con cambio de candidato, se preveían de lo más reñidas, así que hasta el último voto iba a ser importante. Sin embargo, Fabián aún era importante: no había acto en toda la Comunidad para el que no requirieran su presencia y los candidatos en la sombra a suceder al presidente del partido, trataban de hacerse fotos con él y visitar su municipio para ver que también era posible ganar en la zona sur. Así que, perdido su poder orgánico, se centro en su poder fáctico. Y en cuanto a mi respectaba, como coordinador de la zona sur, empecé a actuar más como coordinador de las juventudes del partido en el pueblo de Fabián que como otra cosa. 

Pasaron algunas semanas sin estar en privado con Fabián. Estaba de lo más ocupado trabajando en los presupuestos municipales del año siguiente, recibiendo a empresarios y asociaciones, que prácticamente había conseguido que nos olvidáramos de que se iba a casar. Tan solo le veía en reuniones de partido. Tras casi un mes sin correrme estaba que no podía más. Durante septiembre había estado preparando mi inmediato comienzo universitario, previsto para octubre, y mi nivel de estrés era considerablemente alto, al menos lo suficiente para no ser posible calmarlo con las pajas. Entonces, ese último fin de semana de septiembre, recordé las palabras de Fabián en las que me advertía que si tenía ganas de sexo, le avisara. Para ello debía de llamarle al teléfono personal y ser exclusivamente llamada, nada de mensajes. Nada que dejara huella. 

Así que ese mismo sábado, sabiendo que estaba en casa, le llamé por la mañana y respondió enseguida. Charlamos de todo un poco, ya que últimamente no habíamos podido hacerlo, y a mi me costaba mucho sacar el tema. Es que, vamos a ver, ¿qué le decía? "Oye mira, que es que quiero ir a tu casa y que me eches un buen polvo", como ya os he contado por aquel entonces era más tímido que ahora. El hecho de que Fabián fuera más de un década mayor que yo facilitó un poco las cosas una vez la conversación ya estuvo bastante avanzada y vio que no quería colgar:

- Marcos, ¿quieres contarme algo más?
- Bueno, si... No se como planteártelo... Ya te dije que empiezo la uni este lunes y que septiembre ha sido un mes duro con todo...
- Si, eso ya lo hemos hablado. ¿Qué pasa?
- Que tengo ganas de sexo. Algo más que 'ganas' sería la palabra indicada.
- ¿Y cómo puedo yo ayudarte?
- Invítame a tu casa esta noche. 
- ¿Qué es lo que necesitas de mi? Quiero que lo digas. Dime qué deseas.
- Deseo tu cuerpo fuerte pegado al mío...
- Sí, qué más.
- Rozarnos y magrearnos. Besarte. Comerte la boca.
- Dime qué es realmente lo que quieres.
- Tu polla. En mi boca. En mi culo. 
- Eso está mejor, Marcos, que seas sincero. Nunca te he follado hasta ahora, pero tengo ganas de coger ese culo tuyo. ¿La tienes dura ahora?
- Sí...
- No te toques. No te pajees. ¿Cuándo lo hiciste por última vez?
- Hace 4 días. 
- Bien. Te espero a las diez en punto, no antes. Cógete un taxi y pide factura, yo pago. 

Puedo recordar la conversación como si hubiera tenido lugar ayer, con todos sus matices y, sobre todo, recordando cómo su voz cada vez se volvía más grave y varonil. Sabía que eso me la ponía dura y no desaprovechaba la oportunidad de calentarme de forma muy sutil. Lo que quedaba de día lo dediqué a ponerme un poco presentable: nunca he sido muy velludo, pero reconozco que me gustaba ir totalmente depilado de torso, pubis recortado, polla, huevos y culo totalmente depilados. No era sólo por una estética que me gustaba más de mi propio cuerpo y que consideraba que podría resultar más atractiva, sino que me proporcionaba un mayor placer sexual por raro que parezca. Pasé por la ducha poco antes de salir y me lavé concienzudamente, sobre todo las partes más sensibles. Una vez hube terminado y siguiendo sus instrucciones al pie de la letra, cogí un taxi y di las indicaciones unos veinte minutos antes de la hora acordada.

Llegué a su casa cinco minutos antes de las diez y mientras el taxista me daba la factura con los datos correspondientes, de casa de Fabián salían un par de hombres vestidos con elegantes trajes y zapatos caros. Una vez se marcharon, salí del taxi y llamé a la puerta. Fabián se ocupó de abrir la puerta a la par que se desabrochaba la corbata y los botones superiores de aquella camisa blanca ajustada que se ceñía a su cuerpo dejando poco a la imaginación. Le pregunté si estábamos solos al cerrar la puerta tras de mi y ante su gesto afirmativo me abalancé sobre él y empecé a besarle y magrearle. Se sorprendió por mi ímpetu y mientras chocábamos con algunos muebles y paredes en nuestro camino al sofá, escuché como algunas cosas caían al suelo sin romper. En el camino hasta el sofá me dio tiempo a quitarle la camisa por completo dejando su sudado cuerpo al aire libre. Al contrario que yo, Fabián no se depilaba el torso, se lo recortaba y aquel vello que decoraba su fibrado pecho le daba un aire que me encantaba. Por eso decía antes que me depilaba porque me encontraba más atractivo, pero bien es cierto que hay hombres a los que un poco de vello les suma atractivo. Estaba siendo sin duda el día en el que más fuego había entre él y yo, no tenía reparos en besarme, comerme la boca, meterme la lengua hasta la campanilla, seguir por el cuello, la oreja, incluso su mano me sobó el paquete varias veces. Tumbado en el sofá boca arriba, debajo de mi, le conseguí quitar los zapatos y los pantalones para descubrir unos slip de marca cara color blanco que también le quedaban de maravilla. En ese momento me paró y aprovechó para quitarme la camiseta de tirantes que me había puesto y los pantalones cortos, dejándome también en slips, en mi caso, de color rojo pasión. Volví a caer encima de él y nuestras manos recorrían nuestros respectivos cuerpos, notando nuestras aceleradas respiraciones y aliento caliente, lleno de deseo. Noté como sus manos preferían agarrarme el culo, buscando el agujero, que entretenerse en acariciar mi polla, que parecía que iba a reventar el calzoncillo. Sin embargo, en un golpe de autoridad, me cogió con fuerza de los hombros e incorporándose me dio la vuelta, pasando a estar boca arriba con él dominando la situación encima de mi. Me quitó los calzoncillos con fuerza y me hizo mantener las piernas hacia arriba, metiendo su cabeza entre ellas. Me comió los huevos brevemente a la par que me pajeaba con la mano derecha y su lengua bajó directamente a mi culo, que lamió sin dudar superficialmente. Detuve su mano derecha con mi izquierda, avisándole de que no fuera tan rápido.

- ¿Y si voy rápido, qué? Hoy te vas a correr las veces que yo quiera. Que sea la última vez que me paras -dijo, con seriedad.

Así que volví a recostar mi cabeza en el sofá y, con decisión, Fabián volvió a lamer la parte exterior de mi culo y a pajearme. Empecé a gemir para avisarle de que no podría aguantar mucho más, pero en vez de parar, Fabián aceleró la paja, gemí mucho más y empecé a retorcerme y justo unos segundos antes de correrme, me introdujo de golpe dos dedos envueltos en saliva. Hasta ese momento nunca una corrida mía había llegado tan lejos al salir de mi capullo y el placer que sentí fui inmenso, tanto que Fabián no paró de pajearme hasta que la última gota de lefa salió de mi polla. Después, con más tacto, sacó los dedos, se levantó, abrió el armario de debajo de la tele y volvió a sacar aquella caja de cartón de la que salían pañuelos de papel.

- Bueno, pues ahora que estás descargado y ese ansia se te ha pasado, ¿qué te parece si picamos algo y después continuamos... en la piscina? ¿Alguna vez te has bañado desnudo?

Y no, lo cierto es que hasta ese momento nunca antes me había bañado desnudo.

Fabián se limitó a sacar unas bandejas con canapés variados que tenía en su enorme nevera de dos puertas, de estas neveras que se ven en las series americanas y que cuentan con un dispensador de hielo en la parte exterior. Allí, en aquel mismo sofá, devoramos todos aquellos canapés mientras bebíamos un refresco sin alcohol hablando de todo un poco, pero de nada en concreto. Ese día tenía ante mi al Fabián más morboso que había conocido, pero a su vez al más reservado, al que solo hablaba de temas generales y obviaba asuntos personales, así que directamente no insistí. Recogimos al terminar y pasamos a la piscina. Como ya era de noche, encendió las luces del porche trasero (un par de luces de poca intensidad) y como un niño pequeño me retó a ver quien llegaba antes al agua. La piscina no era muy grande, pero sí daba para hacerse un par de largos, y tampoco cubría mucho, de hecho podía estar de pie en cualquier zona. Hicimos el tonto un rato retándonos a ver quién nadaba más rápido, pero cuando me cansé me apoyé en uno de los bordes para contemplar los trabajados brazos de aquel hombre que nadaba de un lado a otro de su piscina. 

Me miró desde el lado opuesto, se sumergió completamente y apareció frente a mi:

- ¿Cómo es la sensación de tener esto libre en el agua? -me preguntó, masajeándome los huevos. 
- Pues precisamente eso, sensación de libertad -dije.
- ¿Ah si? -respondió, deslizando su dedo índice hasta la entrada de mi culo.

Comenzó a besarme de forma más tranquila que como lo habíamos hecho al llegar a su casa, más pausado, entreteniéndose más en jugar con mi lengua. Empecé a comerle el cuello cuando su dedo índice me penetraba hasta el fondo y decidía introducir también el dedo corazón, en ese momento agarré su polla y se la empecé a acariciar suavemente. Fabián empezó a suspirar al ver que podía meter y sacar sus dos dedos de mi culo con más facilidad de la que imaginaba, el agua sin duda ayudaba en aquella tarea y su polla cada vez estaba más dura. Cogiéndole de los hombros cambiamos de posición pasando a estar él apoyado en la pared de la piscina y yo frente a él. Cogí aire, me sumergí y empecé
a chuparle la polla bajo el agua. Como llevaba años practicando natación y buceo tenía bastante aguante bajo el agua, no obstante tengo que decir que me decepcionó un poco la experiencia. Fabián me seguía besando cada vez que subía a tomar aire y buscaba con ganas mi culo para volver a introducir en el sus dos gruesos dedos que clavaba hasta el fondo. Aquella sensación de tener su cuerpo pegado al mío bajo el agua, con su mano caliente en mi culo, dominando la situación, me llevó a un estado de excitación brutal en el que fui capaz de desconectar todos mis pensamientos:

- ¿Me vas a follar? -le susurré al oído.
- Claro -respondió el, metiéndome los dedos hasta el fondo.
- ¿Aquí? -dije.
- No. Ven.

Cogiéndome de la mano caminamos un par de metros hasta la escalerilla metálica por la que salimos del agua totalmente empalmados. Fabián puso una toalla negra sobre una de las hamacas que tenía alrededor de la piscina y se tumbó boca arriba, masajeándose la polla:

- He dejado un par de condones en el aparador de los bañadores - dijo.

Sabía perfectamente cuál era, fue de ese aparador del que cogí un bañador la primera vez que pisé su casa hacía ya unos meses. Lo abrí, cogí los condones y los dejé al lado de la hamaca.

- Ponte del revés, quiero hacer un 69 -dijo.

Obedecí sin rechistar. Puse mi culo en su cara y mi boca se amorró a su polla para empezar a comerla de arriba a abajo. Sin embargo, Fabián no prestó atención a mi polla, sino que de pronto noté como algo húmedo invadía mi culo y me proporcionaba un placer absoluto. Me lo estaba comiendo. Su lengua entraba con facilidad y, esta vez, la introducía entera combinándolo con sus dedos:

- No puedo más, Marcos -gimió.

Me forzó a darme la vuelta, le puse el condón y me senté sobre su polla introduciéndola muy despacio, algo que Fabián no forzó. Desde luego, no era la primera vez que se follaba un culo. Pasados unos minutos, cuando me acostumbré al dolor de tener aquel rabazo dentro de mi, comencé a cabalgarle viendo cómo ponía los ojos en blanco cuando aceleraba el ritmo. Me dejó controlar la situación cabalgándole un par de minutos más, hasta que se cansó:

- Ahora te vas a enterar.

Se levantó conmigo, me forzó a sentarme en la hamaca poniendo mi torso boca abajo, con las piernas flexionadas, me levantó el culo, me clavó lentamente su polla de nuevo hasta tenerla dentro, me cogió con las dos manos por mi cintura y me folló con fuerza hasta que se corrió dentro de mi gimiendo como un animal y dando unas embestidas bastante fuertes al final. Se me saltaron las lágrimas en una vorágine de sensaciones de dolor y placer mezcladas que me resultaron de lo más placenteras, sacó su polla de mi culo, tiró el condón lleno de leche al suelo, me dio la vuelta, y con una paja me hizo correrme por segunda vez de una forma sorpresivamente abundante teniendo en cuenta que era la segunda vez en menos de dos horas que eyaculaba. Me quedé tirado en la hamaca, boca arriba, con la leche escurriéndose por todas partes, mientras veía a Fabián duchándose en la ducha de la piscina y secándose. Me invitó a hacer lo mismo mientras él recogía.

Después de eso, pasé la noche en su cama, dormimos abrazados y a la mañana siguiente, sin apenas conversación, me pidió un taxi después de desayunar. 

Jamás podría haberme imaginado esa mañana, cuando Fabián me despedía con un abrazo en el porche delantero de su casa y yo me metía en el taxi, que era la última vez que mantenía un encuentro sexual con él. De hecho, no volví a pisar su casa nunca más y las siguientes veces que nos vimos fue exclusivamente en actos de partido, donde mantenía una fría distancia conmigo. Para mi todo ello supuso un shock, ya que me marché de allí aquella mañana haciéndome ilusiones con un futuro con Fabián. Un futuro en el que yo era su pareja, follábamos en su piscina y compartíamos una vida juntos. Un futuro que, en realidad, me había imaginado hacía meses y ese acto no hacía más que confirmarlo. Eso sí, estaba claro que mi futuro imaginario no entraba en absoluto en los planes de Fabián.

Me cansé de que no respondiera a mis llamadas, me cansé de haber caído en desgracia en la organización del partido y poco después de las siguientes Navidades renuncié a todas mis responsabilidades. No cancelé mi afiliación para no afectar a la trayectoria de mi padre, pero lo cierto es que me desvinculé casi por completo de aquel mundo. Como dije antes, coincidí en muchos actos en años siguientes con Fabián. Con mi padre siendo diputado autonómico, tenía que asistir a cenas y actos en los que también estaba Fabián y en los que se limitaba a estrecharme la mano como si no nos hubiéramos conocido nunca. Sin embargo, cada vez que le veía, su aspecto físico estaba más deteriorado y había perdido la luz que siempre tuvo en sus ojos. Me costó recuperarme del golpe, todo hay que decirlo, me centré en mi primer año de carrera universitaria y en los nuevos amigos que iba conociendo, pero pasaron unos cuantos meses hasta que pude dejar de pensar en el con un sentimiento de pena.

Fabián ganó con mayorías aplastantes las dos siguientes elecciones municipales que se celebraron, pero al final de su tercer mandato comenzó a ser sospechoso de determinadas actividades cuanto menos turbias. Tanto sería así que ningún miembro del partido quiso mostrar su apoyo, al menos de forma pública y Fabián fue desterrado de la sede regional. El partido le pidió que no volviera a presentarse a las elecciones hasta que no aclarara todo de lo que le estaban acusando, pero con su poder absoluto logró volver a ser candidato en su municipio y volvió a ganar con mayoría absoluta, eso sí, con un descenso notable de votos. Pocos meses después se vio obligado a dimitir como alcalde al estar inmerso en investigaciones judiciales, aunque para entonces ya había caído en desgracia en el partido, y se desvinculó de la vida pública, con los medios de comunicación locales publicando día sí y día también nuevos, supuestos, asuntos turbios que le afectaban. 


10 de mayo de 2016

CAPÍTULO 154: UNA JOVEN PROMESA CAÍDA EN DESGRACIA (Parte 2)

Una de las habitaciones que nunca conocí de casa de Fabián fue, precisamente, la habitación de matrimonio. Cuando me quedaba a dormir en su chalet, me llevaba a un cuarto de invitados decorado con gusto, dotado de cama de matrimonio, que estaba en la segunda planta y allí dormíamos juntos. Para mi desgracia, aquella primera noche, después de la paja mutua en el sofá, no pasó gran cosa. Nos dimos una ducha, cada uno en un baño diferente, cenamos algo, vimos la tele y nos fuimos a acostar. Nos metimos en la cama en calzoncillos y Fabián conectó el aire acondicionado a la mínima potencia, mientras nos arropábamos hasta la cintura con aquellas sábanas de seda. Me llamaba la atención que aquel cuarto de invitados fuera casi el doble de grande que mi habitación en casa de mis padres. Se quedó dormido enseguida, mientras yo miraba al techo tratando de pensar en cosas que me quitaran la excitación que llevaba encima. Aquella noche dormí mal, es horrible tener unas ganas enormes de sexo, dormir empalmado y no poder calmarte. Una de las veces que conseguí quedarme dormido, al despertarme, me di cuenta que tenía los calzoncillos por los tobillos, a Fabián abrazado a mi desnudo y su polla colocada en la parte exterior de mi culo. Me tenía cogido con su brazo derecho como si fuera un peluche, colocando también una de sus piernas por encima de las mías. Mi erección al despertarme y encontrarme con aquello fue inmediata, además de cuando en cuando, en sueños, a Fabián se le ponía morcillona y se restregaba sutilmente contra mi cuerpo y mi culo buscando el agujero, pero pronto se detenía y su sueño volvía hacerse profundo. Miré el reloj y tan solo eran las 5 de la madrugada, así que con sigilo me desprendí de su brazo y pierna y me dirigí al baño de esa planta. Abrí la taza, me senté y empecé a pajearme frente al espejo del lavabo. Necesitaba correrme para poder dormir algo, si no, iba a ser imposible. No me costó demasiado tiempo alcanzar el orgasmo recordando cómo Fabián se frotaba contra mi minutos antes y justo cuando mi polla expulsaba chorros de lefa que se estrellaban contra el suelo, Fabián abría la puerta del baño y contemplaba fíjamente cómo terminaba de escurrirme la polla. No dijo nada, me miró una vez hube terminado, sonrió, se lavó la cara, bebió agua y volvió a la cama. Me quedé recogiendo aquello, me lavé las manos y regresé junto a él. 

Al despertarme, vi que el reloj marcaba las 11 y que Fabián no estaba mi lado. Y, así, en calzoncillos bajé a la planta baja y él me esperaba en la cocina con un desayuno abundante preparado y listo para comer, mientras leía dos periódicos, uno nacional y otro regional:

- Pensé que no te ibas a despertar nunca, marmota -dijo, con sorna.

- Si, bueno, es que he dormido algo... regular... -expliqué.
- Ya me di cuenta, pero si te pasa otra vez, no hace falta que vayas al baño, si no que me despiertas y...

Una llamada telefónica a su móvil interrumpió lo iba a decir Fabián y la conversación no volvió a reanudarse. Estuvimos charlando de su agenda para la semana y de las vacaciones de verano. Él se marchaba a Córcega con su familia y yo me reuniría con mis amigos de la playa de por aquel entonces, a la par que empezaba a ponerme nervioso por la nueva etapa que empezaría en mi vida a partir de septiembre. En verano toda actividad política se paraliza, así que a mediados de julio en una terracita de uno de los bares más conocidos del pueblo de Fabián nos despedimos hasta la vuelta:

- No hagas nada que te pueda poner en evidencia, se que te están buscando las cosquillas...aguanta a volver y espérame para cualquier cosa que... te apetezca, ya me entiendes -dijo él antes de marcharme.

No hacía falta que dijera nada más, en las pocas conversaciones que habíamos tenido sobre el tema, Fabián había dejado claro que no quería que tuviera ninguna relación aquel verano y que si me calentaba más de la cuenta utilizara a la mano derecha. No iba a ser tampoco un gran problema, ya que entonces mi vida sexual no era tan activa como empezó a ser unos pocos años después. El caso es que me pasé todo el mes de agosto sin tener noticias suyas, sumido en una pequeña tristeza que me quitaba las ganas de hacer cosas. Sentía una atracción por Fabián tal que estar un mes sin saber nada de él me sabía muy mal y eso que no éramos más que buenos amigos. 

Una mañana de finales de agosto mi móvil empezó a sonar con insistencia cuando estaba en la ducha. Al salir pude ver que había tenido 4 llamadas perdidas de Fabián. ¡Por fin! Además, parecía importante dada la insistencia. No pude siquiera pulsar el botón de rellamada, ya que una llamada suya entraba de nuevo.

- Marcos, ¿qué tal el verano? ¿Dónde estás?
- Pues aquí, por Alicante. ¿Y tú? ¿Qué tal han...? -traté de decir sin éxito.
- Te necesito aquí. Ya. No se qué haces todavía allí, macho. 
- No me habías dicho que necesitara volver a finales de... -me volvió a interrumpir.
- Son las fiestas de mi pueblo y te necesito en la organización de la caseta política del partido en el recinto ferial. Tu vas a organizar todo lo que tenga que ver con la organización juvenil y eres esencial aquí. Cógete un tren o lo que sea, pero vuelve ya, mañana a mucho tardar.

Huelga decir que a mis padres, mejor dicho a mi madre, todo aquello no le hizo la más mínima gracia. Sin embargo, por aquel entonces no os podéis hacer a la idea de la servidumbre a la que me había entregado a Fabián durante aquellos meses. Para mi, él no solo era un político local de éxito con evidente atractivo al que le había hecho una paja semanas atrás, para mi se había convertido en alguien al que admiraba absolutamente, como él había previsto que ocurriera. Así que pese a la disconformidad de mi madre, hice la maleta, cogí un billete de autobús y al día siguiente partí a Madrid.

Al llegar a la Estación Sur de Autobuses de Méndez Álvaro vi a Fabián con el casco de la moto esperándome en la dársena del bus, no ya solo esperaba estrecharle la mano, sino que ante mi sorpresa, se abalanzó sobre mi y me dio un abrazo largo y extendido susurrándome 'bienvenido' al oído, con lo que consiguió erizar el pelo de todo mi cuerpo de nuevo. Lo que más me gustaba de montar en moto con él era que mi paquete se pegaba a su culo y nuestros cuerpos parecían fundirse en uno, ya que me abrazaba a él como koala que se sujeta a un árbol. Muchas veces me empalmaba, pero siempre creí que él no lo notaba. Precisamente ese día, ya a toda velocidad por la carretera de Toledo, me empalmé e incluso me atreví a moverme lentamente para notar cierto placer de mi polla frotándose contra su culo, tela vaquera de por medio. Cuando entramos a su pueblo y la velocidad se redujo drásticamente, giró la cabeza y me dijo, esbozando media sonrisa:

- Vienes calentito de la playa, ¿no? 

No respondí, pero lo decía por haber notado mi erección durante el viaje, como seguramente habría notado muchas otras veces. Mi alegría por estar allí de nuevo se esfumó rápidamente cuando al entrar en su casa nos recibió "su chica", la mujer con la que se casaría unos meses después. Al acompañarme a mi habitación, en la que siempre había dormido con él, le eché una mirada que el supo captar, y en voz baja me dijo:

- Es un sol, no te preocupes porque vas a estar muy cómodo a la par que ocupado. Se va en unos días.

"Unos días". ¿Cuánto era eso? A mi lo que menos me apetecía era estar allí unos días con Fabían follándose a su mujer y yo matándome a pajas en aquellas sábanas en las que había dormido con él antes. Lo cierto es que no tuve tiempo de asimilarlo. Fabián empezó a explicarme todo lo que había que hacer para preparar la caseta de fiestas y me agobié solo de pensarlo. Aquella tarde conocí a los miembros de las juventudes del partido de su municipio y también nos visitaban miembros de la organización a nivel regional, no obstante éstos solo venían cuando ya estaba todo montado, a disfrutar y figurar más que a echar una mano. Aquellas semanas aprendí a hacer de todo: albaranes, pedidos, trato con proveedores, tirar cañas, poner cubatas, preparar bocadillos, montaditos, coordinar que la gente cumpliera sus funciones... En definitiva, estuve trabajando sin cobrar, pero así era aquello. Las fiestas eran algo que el partido se tomaba muy en serio: si no te veían colaborar, no eras nadie. 

El fin de semana fue sin duda lo más duro de todo, apenas pisaba la casa de Fabián para dormir, ducharme y cambiarme de ropa. Fue también cuando aprendí que mi radar siempre había funcionado bien. Desde comienzos de semana había un chaval de las juventudes, Álvaro, que se interesaba demasiado por trabajar conmigo y ayudarme, debía ser que su radar-gay también funcionaba. Era un chico más bajito que yo, delgado, moreno, con los ojos marrones, guapo y con culazo, que era en lo que más me había fijado de él, en el culo que marcaba en esos vaqueros de marca. Aparte de la evidente atracción física que sentíamos el uno por el otro, habíamos congeniado bien y las cosas salían a la perfección cuando coordinábamos juntos al equipo. El caso es que la noche del sábado fue un completo desfase. Fabián, a pesar de ser el alcalde, solía colaborar en la caseta, pero el sábado lo había reservado para estar con las peñas del pueblo y con los vecinos, así que al no estar él por allí la cosa se desmadró. Lo curioso es que a las 4 de la madrugada se había largado todo el mundo, menos Álvaro y yo, a quienes nos tocaba pringar y recoger la caseta para dejarla lista de cara al domingo, último día de fiestas. Estábamos tan cansados que una vez todo estuvo recogido, preparé un par de montaditos y un par de copas y me senté con Álvaro en la parte trasera de caseta en unas sillas de plástico de bar. Nos comimos el montadito con ansia y la copa también entró rápido en nuestros cuerpos. Empecé a ver a Álvaro más atractivo de lo que realmente era y como se quejaba de dolor en el cuello, me puse detrás suya a darle un masaje de lo más sensual que él agradecía:

- Si te quitas el delantal y la camiseta podré hacerlo mejor... -le susurré.
- ¿Si? -me dijo girando la cabeza, con media sonrisa.

Se levantó, se quitó el delantal y la camiseta y se quedó mirándome. Tenía un torso totalmente plano con leves formas fibradas que dejaban intuir unos incipientes abdominales y pectorales, sin un solo pelo. 

- Bueno, yo también me la quito para que no te sientas mal -le dije, guiñándole un ojo.

Se volvió a sentar en la silla de plástico y volví a masajearle el cuello, los hombros, la espalda y poco a poco bajaba mis manos un poquito más sin encontrar resistencia, hasta que mi cara estuvo a la altura de la suya. Se giró, me miró y nos empezamos a comer la boca con bastante desenfreno:

- Quiero chupártela, tío... déjame que te la coma... -me decía entre beso y beso. 

Así que cuando estuve bastante caliente de morreos y magreos, me puse delante de él de pie, me bajé los pantalones y me saqué la polla.

- Qué polla tan buena tío, ven aquí -dijo agarrándome del culo tirando hacía el.

Me empezó a mamar la polla con bastante buena técnica y mucha saliva sin quitar las manos de mi culo. Hacía tanto tiempo que no me la chupaban que me temblaban las piernas de forma exagerada (realmente con 18 años recién cumplidos, había chupado yo más veces que tíos a mi). Escuché un ruido y al otro lado de la verja que separaba nuestro recinto de la calle, un policía municipal miraba con interés cómo Álvaro me la chupaba. Cuando fui a detener a Álvaro, el policía se marchó y seguimos a lo nuestro. Le avisé de que me corría y con una paja con su mano derecha me corrí en su pecho con abundancia, cayendo de rodillas por el placer y el cansancio.

Álvaro, ni corto, ni perezoso, se puso de pie y se sacó una gorda polla de algo más de 16 centímetros. Le miré, me guiñó un ojo y se la empecé a mamar. No me apetecía mucho al principio, pero según la fui saboreando en mi boca, aumentaron mis ganas y se la mamé con ansia e ímpetu. Cuando le quedaba poco para correrse, una voz nos distrajo:

- Joder, ¿en serio que no hay sitios más discretos que este para os chupéis las pollas?

Álvaro se quedó petrificado, pero reconocí inmediatamente la voz de Fabián:

- Álvaro, súbete los pantalones, vete a casa y hazte una paja. ¡Largo, ya! Tú, Marcos, te quedas aquí.

Los segundos que Álvaro tardó en subirse los pantalones se me hicieron eternos, después cogió sus cosas y salió corriendo de allí con un tímido "hasta otra". Quise despegar las rodillas del suelo para sentarme en la silla y aguantar la charla, pero Fabián me lo impidió poniéndome un pie en el pecho. 

- ¿Sabes que me ha venido un policía del Ayuntamiento a decirme que había dos maricones haciéndose mamadas en la caseta del partido? Y yo he pensado: no, Marcos no puede ser porque él es más inteligente y no va a joder el día de fiestas. Pero llego aquí y te veo tragando polla del chaval este y... ¿cómo me quedo? Pues con cara de gilipollas al ver que eres más inconsciente de lo que pensaba. Pero... ¿qué pasa? ¿Que has venido de vacaciones con ganas de rabo, no? Pues si quieres rabo, toma rabo, me la vas a comer hasta que te ahogues y no te quiero oír rechistar ni un poco. Quieres rabo, ¿no? Y la mía te gusta, ¿verdad? Si el día que me pajeaste te faltó poco para abalanzarte sobre ella y comértela. Pues ahora vas a tragar.

Toda esta perorata me la soltaba sobándose el paquete para ponérsela dura. Miró alrededor y dijo:

- Ven, vamos dentro. 

Pasamos dentro de la caseta, apagó la luz y poniéndose detrás de mi me obligó a caer de nuevo de rodillas dándome con las suyas en la parte trasera de las mías. Se colocó delante de mi, se sacó su espectacular polla y me la ofreció.

Al principio me dejó mamársela suavemente, pero el punto dominante le salió de nuevo y me agarró con las dos manos por la cabeza obligándome a tragarme su polla entera, hasta la garganta. Se me saltaron las lágrimas varias veces, pero en realidad quería que siguiera, tanto que volvía a estar empalmado de nuevo pese a haberme corrido minutos antes. 

- Te vas a tragar mi lefa, ¿entiendes? A ver si así te sacias bien de rabo... -susurraba. 

Cuando estuvo cerca de correrse me avisó, me clavó la polla en el fondo de la garganta y con unas cuantas suaves embestidas noté cómo su leche se deslizaba por mi garganta camino del estómago, a la par que Fabián gemía con cierta hosquedad. Cuando terminó, se sacó la polla de mi boca y la limpió con un trozo de papel de cocina que había cerca:

- No te lo quiero tener que repetir de nuevo, a ver si queda claro. Si te apetece polla, me lo dices, si te pica el culo, me lo dices, si quieres que te hagan una paja, me lo dices. Pero como te vuelva a ver con otros tíos vas a conocer a un Fabián que no querrías. Dime si lo has entendido. 

Respondí afirmativamente con la cabeza porque no me sentía con fuerzas de pronunciar ni una sola palabra. Me extendió la mano para ayudarme a ponerme en pie y me dio uno de sus abrazos que tanto me gustaban:

- Esto lo hago por ti, Marcos. Todo es por ti. 

Y por primera vez desde que nos conocimos, sus labios y los míos se unieron en uno.