16 de enero de 2017

CAPÍTULO 166: JUGANDO CON FUEGO (Parte 2)

Esos segundos en los que no sabes a ciencia cierta qué es lo que va a ocurrir son los que te ponen aún más cachondo: contemplar cómo sus ojos no pueden despegarse de tu rabo duro, ver cómo se humedece los labios en señal de que le apetece comerse lo que tiene delante, oír entre el silencio su corazón bombeando sangre, darte cuenta de que los nervios le producen sudor y sentir, finalmente, su caliente mano derecha atrapándote la polla y comenzando a pajearte con mucha suavidad, como quien está haciendo algo en lo que no es experto.

- ¿No te apetece comérmela? -le susurré con sensualidad.
- Es que nunca he... quiero decir, sí, me he cascado pajas con colegas del instituto, pero nunca he chupado una... una...-trataba de explicar, sin quitar ojo de mi polla y sobándome los huevos.
- Una polla. Nunca has comido una polla, lo entiendo. Pero no te he preguntado eso, te he preguntado si te apetece comérmela. Sentirla en tu boca, lamerla, hacerme ver el paraíso con tu lengua caliente recorriendo cada centímetro de mi rabo -le dije, obviamente, tratando de calentarle.

No hizo falta más conversación. Bajó la cabeza y se la metió entera, hasta el fondo, usando mucho la lengua y salivando abundantemente. Me sorprendió que un inexperto lo hiciera tan bien, ya que suelen ser mucho más brutos y descuidados, pero este chaval lo hacía de una forma muy delicada y constante, como suele decirse: "sin prisa, pero sin pausa". 

Tampoco fue necesario darle instrucciones, sabía que tenía que parar cuando empezaba a gemir de placer y aprovechaba para bajar a mis huevos y jugar con ellos: se metía uno en la boca, lo saboreaba y masajeaba con la lengua, lo soltaba y cogía el otro, después volvía a subir a la polla y la seguía mamando. Mientras tanto, con mi mano derecha trataba de arquear el cuerpo y sobarle el culo, me sorprendió que no tuviera apenas pelo y me puso muy cachondo sentir su agujero tan cerrado y tan estrecho, hacía muchísimo tiempo que no encontraba ninguno así.

- ¿Te importa si voy al baño? -me dijo, tras ver mis intentos de meterle un dedo.
- Claro, pero no tardes mucho.

Al volver, lo hacía con un inconfundible olor a jabón, así que me imaginé por dónde iban los tiros. Volvió a coger mi rabo, un poco morcillón, con la boca y enseguida supo ponérmela bien dura otra vez, mientras yo volvía a insistir con su culo, que efectivamente, estaba bien lavado. Le hice parar de mamármela, porque me correría pronto, y le indiqué que se pusiera boca abajo en la cama con las piernas bien abiertas. Hacía tiempo que de un tío no me interesaba más su culo que su polla, que por cierto, no la tenía nada mal. Empecé a lamerle la parte que tenemos entre los huevos y el culo y no tardé en lamerle la parte superficial del culo. El chaval soltó un gemido increíble y empezó a retorcerse en la cama mientras mi lengua se metía en aquella estrecha cavidad que, probablemente, nunca le habían comido antes. ¿Os hacéis a la idea de lo dura que me la puso el notar como aquel estrecho agujero se dilataba poco a poco ante la insistencia de mi lengua? Logré meterle un dedo con facilidad, pero el segundo ya costó más y decidí parar. Quería que su primera experiencia fuera satisfactoria y estaba seguro que de follarle, le dolería bastante. Le hice darse la vuelta y subir las piernas encima de mis hombros: con una mano le cogí la polla y mi lengua volvió a entrar en su culo. Se corrió en unos veinte segundos, no más. Y vaya forma de correrse, una leche de lo más líquida y abundante.

- ¿Aún te quedan ganas de comérmela? Estoy a punto...

No respondió. Presionó en mi pecho para que me recostara sobre la pared, bajo la cabeza y me la chupó de nuevo. Justo antes de correrme, se la saqué de la boca y con una paja rápida me corrí en su cara. Aquella cara que tanto me encantaba y cuyos ojos penetraban
en los míos mientras mi rabo echaba chorros sobre su nariz, mejillas y boca. Posteriormente, nos limpiamos, bebimos algo y me despedí porque se hacía tarde.
Quedamos durante toda esa semana, todos los días, para sesiones de pajas, mamadas y comidas de culo. Lo de penetrarle no iba hacía delante porque todo lo que no fuera mi lengua o un par de dedos le abrasaba de tal manera que le cortaba el rollo, así que lo dejé estar. Nos besábamos con frenesí y con un roce a ambos se nos ponía dura. Era una conexión fuerte.

El viernes siguiente, justo antes de salir por la puerta de casa habiéndome corrido en su cara otra vez (decía que le molaba) me preguntó una cosa que me dejó descolocado. Tan descolocado como me quedé cuando entré a su portal por primera vez con la sensación de haber estado allí antes:

- Entonces, por lo que veo, sigues sin acordarte de mi, ¿verdad?
- ¿Cómo dices? -pregunté.
- Nada. No tiene importancia -contestó, con su radiante sonrisa.

De camino a casa le di muchísimas vueltas al asunto. Pensé en que quizá habíamos quedado antes por alguna app de ligoteo, pensé en que quizá habíamos coincidido algún verano anterior en alguna zona de cruising y por eso fue tan a saco desde el principio, porque sabía que me molaban los tíos desde el mismo minuto en que me reconoció andando por la playa. Sin embargo, esta teoría no era válida. El chaval tenía 18 años recién cumplidos y, con la salvedad de Óscar, nunca me había liado con chicos tan jóvenes. Así que pensé que simplemente habríamos hablado alguna vez por app y al decirme su edad le habría descartado, no había otra cosa que pudiera tener lógica.

Ese fin de semana no le iba a ver, tenía compromisos con mis amigos. El sábado pasaríamos el día en la playa del Rebollo con Sergio y Dani y el domingo tenía una comida en casa de Sergio con su familia, ya que sus padres celebraban las bodas de plata y habían invitado a los más allegados. Y aunque Sergio y yo no éramos nada oficialmente, estaba claro que era la persona con la que más tiempo pasada tanto en la playa como en Madrid.

Al llegar el domingo a casa de Sergio me encontré con que me estaba esperando en el portal y pensé que llegaba tarde y me iba a reñir, pero miré el reloj y nada de eso:

- Cambio de planes Marquitos. La comida se hace en casa de mis tíos, que el salón es más grande y estaremos más cómodos -me dijo Sergio.

No me importó hasta que empezamos a callejear y me llevaba en dirección a casa de David. "Bueno, es una calle larga", pensé.

Pero cuando se detuvo en su portal y llamó justo a su telefonillo me quedé de piedra:

- ¿Es una broma? No tengo ganas de follar ahora, Sergio -le dije.

Claro. Le había contado que me había estado acostando con una chaval que había conocido por casualidad y tal y al llevarme a su portal di por hecho que se habían conocido de alguna manera y habían preparado un encuentro los tres.

- ¿Cómo dices? -preguntó Sergio, bastante contrariado.

En ese momento respondieron el telefonillo, abrieron la puerta y subimos. Exactamente sus tíos resultaron vivir en la puerta de enfrente a la David. ¿Que como no lo sabía? Pues a ver, conocía a los padres de Sergio, a sus hermanos, pero ni a sus tíos (más que de vista) ni abuelos u otra familia más lejana.

Empecé a sentir mucho calor, pero me tuve que quedar blanco cuando entré al salón y vi a David sentado al final de una enorme y larga mesa preparada para comer. A David le pasó exactamente lo mismo a tenor de su mirada.

"No me jodas, que van a ser familia", pensé. Me fueron presentando a los que conocía y cuando llegué a David, a una niña pequeña que resultó ser su hermana y a dos personas mayores que eran sus padres, resultó que su padre era hermano de la tía de Sergio (la madre de Sergio era hermana del hombre que estaba casado con su tía, cuyo hermano era el padre de David, para que lo entendáis mejor; vaya, que no eran familia directa).

Lo más gracioso de todo llegó cuando los padres de Sergio, en un brindis previo a comer, me presentaron como el novio de su hijo. David se atragantó, empezó a toser y tuvo que levantarse al baño. Sergio me echó una mirada asesina y, en cuanto pude, le mandé un Whatsapp para decirle que David era el chico sobre el que le había contado, con el que me había estado acostando.

"Pero si hace 4 años fuimos a su 14º cumpleaños, que estaba allí toda mi familia!!!!!" -me contestó.

Claro de eso me sonaba. De eso que recordara aquel portal, aquellas escaleras y aquel descansillo, porque yo había estado allí antes. Y el cabrón de David lo sabía.
La cosa no tuvo mayores consecuencias, al contrario, todo se empezó a poner más interesante.

Pero, joder, a veces que el mundo sea tan pequeño te pone en situaciones muy complicadas.


12 de diciembre de 2016

CAPÍTULO 165: JUGANDO CON FUEGO - Parte 1.

Hay historias que no deberían ser contadas. No porque no se hayan producido, que sí, sino porque no deberían haber existido jamás. Desde que era pequeño he tenido una teoría que siempre he tratado de practicar lo máximo posible: no te arrepientas de lo que hayas hecho. Si ya está hecho y, de momento, no podemos volver atrás en el tiempo para modificar el pasado, ¿de qué sirve lamentarse o arrepentirse por actos que ya no tienen remedio? Se puede uno disculpar, pedir perdón, redimirse o expresar su intención de no volver a caer en la misma torpeza para no hacer año, pero... ¿arrepentirse? ¡Si ya está hecho! A lo largo de los años, según va uno madurando, aprende que esta teoría es muy bonita, pero que requiere de ciertas modificaciones o anexos para cumplir fielmente con ella. Hoy en día la sigo elevando a su máxima expresión, pero con matices. No me arrepiento de lo que hago, pero se disculparme con sentimiento auténtico para remediar algún perjuicio que haya podido causar. Eso, por supuesto, no implica que no queden cicatrices difíciles de sanar con las personas que se hayan sentido dolidas con tu actuación.

Aquel verano, a apenas dos días de la llegada de Sergio y Dani, estuve dispuesto a admitir lo que tanto tiempo me había estado negando. A darle una oportunidad, a dejar atrás las malas experiencias y reconocer que quería a Sergio más que como mi mejor amigo. Reconocer que, por primera vez en años, me empezaba a sentir listo para empezar una relación. Dios, R-E-L-A-C-I-Ó-N, cómo de fuerte y serio sonaba aquello. Por supuesto, no iba a ser una relación cerrada, ya a estas alturas era para nosotros absurdo fingir que no iba a haber otros hombres que compartieran en ocasiones cama con los dos. Porque nos hacía feliz, nos satisfacía, nos daba morbo y mantenía la llama muy viva. Desde la última vez enla que dejé destrozado a Sergio después de su romántica declaración, pasando por cuando se echó novio y la cosa salió mal, la situación no había vuelto a producirse. Me tocaba a mi dar el paso y esperar ser aceptado. Esta vez me sentía listo para volver a intentarlo. Para hacer todo lo posible porque saliera bien.

Cuando, por fin, llegaron le conté mis planes a Dani, que no pudo más que alegrarse con una sonrisa sincera dibujada en su cara, me ofreció consejos sobre cómo abordar la situación y se ofreció, con guasa, como padrino de nuestra futura boda.

- ¡Eh! No vayas tan rápido, tío, que me planto ahora mismo -le dije, medio en broma, medio en serio.

Sergio me decía que me notaba más nervioso de lo habitual, que no me relajaba cuando estábamos juntos y no paraba de preguntar si me pasaba algo. En realidad, simplemente buscaba el momento perfecto para tener esa conversación tan trascendental.

Y justo el día de antes a cuando tenía decidido hacerlo, él se cruzó en mi camino. Así como una piedra que a veces el destino pone en nuestro camino. O como un caramelo irresistible que te ves seducido a saborear hasta sus últimas consecuencias.

Con el objetivo de relajarme salí a correr aquella tarde por la playa, una vez el sol estuvo ya bajo. Por las tardes en la costa de esta zona es normal que sople el viento de levante y el cielo se llene de pequeñas nubes, mientras el sol se va escondiendo por la sierra de Orihuela. Además, en la playa hay menos gente que por la mañana y se corre muy bien. Al volver, tras 8 kilómetros, lo hice andando deprisa, disfrutando del mar y su brisa, encontrando esa relajación que siempre me ha producido. Cuando llegaba a la parte central de la playa, al mogollón del pueblo, un balón de fútbol casi impacta contra mi. Afortunadamente, recordando mis viejos tiempos de futbolero, reaccioné y paré el balón con el pecho, pasándolo a mis pies, haciendo unas carambolas, mientras un chaval se acercaba con cara temerosa a recogerlo.

- Eh chaval, perdona, pero vaya paradón el tuyo, ¿eh? -me dijo.

Oh, Dios. ¿Por qué me haces esto? 1,85, delgado, fibrado, sin un pelo en el cuerpo, moreno, ojos azules como el mar, no más de 18 años, sonrisa de la que te puedes enamorar, actitud masculina, acento chulesco vallecano... ¿Por qué a mi?

El caso es que comentamos un par de tonterías, en las que me quedé hipnotizado de sus ojos, y acabó presentándome a sus colegas y jugando una pachanguita con ellos. Gente maja, de barrio, con un nivel cultural justo, buen fondo y muchos sueños. La mayoría estaban haciendo algún grado medio de formación profesional y el seguir estudiando no entraba en sus planes. Por primera vez en mucho tiempo me di cuenta de que los años pasan para todos, ya que aún estando todavía en la veintena, me comparaba con ellos y veía que ya no tenía aquellos rasgos aniñados que se dibujaban por la cara de todos aquellos chavales recién llegados a la mayoría de edad. Hubo buen rollo, conexión inmediata, colegueo y buen fútbol. Tanto que repetimos un par de días más, también a la que volvía de correr.

El último día que jugamos, cuando me iba, la voz de David, que así se llamaba el chaval del que me había quedado prendado, sonó fuerte detrás mía:

- ¡Eh Marcos! ¡Espera tío!
- ¿Qué pasa? -le dije.
- Nada tronco, que el otro día me fijé en que vivimos muy cerca y así me voy contigo para arriba, no te importa, ¿no? -contestó.

Me pasó un brazo por encima de los hombros, pegó su cabeza a la mía y dijo así con chulería:

- Qué cabroncete el Marcos, cómo le da al balón.

Le miré, a escasos centímetros de distancia, con el sol de frente y su piel bronceada, a esos ojos azules y esa sonrisa picarona y juro que me faltó poco para que se me cayera la baba. Incluso me llevó un rato por la calle así cogidos del hombro comentando algunas anécdotas del partidillo, mientras yo trataba de pensar que aquellos roces eran normales entre chavales heteros que conectaban.

- Estás fuerte, ¿eh? ¿Cuánto te machacas en el gimnasio? -preguntó.

Le respondí mientras hacía la vista gorda a que me sobara los bíceps, los hombros y los pectorales, así como quien no quiere la cosa.

- Es que mira -dijo poniendo mi mano derecha en su bícep izquierdo -voy al gimnasio tres días por semana y solo consigo esto -dijo.

No es que el chaval tuviera un brazo enorme, pero vaya, que sacaba bastante músculo. El caso es que me acabó pidiendo el móvil, dándome un abrazo más largo del habitual al despedirse en mi portal y sonriéndome con esa cara con la que seguro conseguía un montón de cosas, simplemente mostrando su sonrisa. Unas horas más tarde empezó a escribirme Whatsapps para comentar tonterías hasta que me dijo que estaba solo en casa y que se aburría "mazo", que si me apetecía pasarme y veíamos una peli "o algo". Lo cierto es que esa noche había quedado con Sergio y Dani, pero la tentación me pudo y cancelé el plan para irme a casa de David. Cuando me dio la dirección, a cinco minutos de mi casa de la playa, algo me sonó familiar. Esa sensación se acrecentó mucho más cuando estuve frente a su portal y entré a él. Sabía que había estado allí antes, pero no conseguía recordar cuándo o saber si solo se trataba de un deja vù, que se fue acrecentando cuando vi el portal por dentro y subí en el ascensor.

La casa de David no era la típica casa de playa en la que pasas el verano, tenía mucha más pinta de hogar. El chaval me abrió la puerta vestido solo con unos bóxers blancos apretados (vale, hacía calor, era pleno verano), luciendo su delgado pero a la vez fibrado cuerpo, me plantó otro abrazo y me ofreció sentarme en el sofá. Le seguí sin apartar mi mirada de su culo redondo y apretado embutido en aquellos calzoncillos. Me ofreció un refresco y se tiró, literalmente, al sofá por encima de mi. Se fijó en que había empezado a sudar como un cerdo (no corría nada de aire en aquella casa a pesar de tener todas las ventanas abiertas) y me ofreció quedarme en calzoncillos, total, sus viejos no iban a llegar hasta el día siguiente. Así que no me corté y delante de él me desnudé quedándome en aquellos slips negros y amarillos que me había puesto aquel día. No me miró, ni observó.
Estaba entretenido poniendo el Call Of Duty en su Play4. Di por hecho que iba a ser una noche de videojuegos y me encantó la idea, ya que tengo un punto freaky con las videoconsolas. Cada vez que superaba una misión o mataba a algún enemigo importante, me abrazaba y con disimulo me sobaba la espalda o los brazos. Claro que, tras las primeras veces, empecé a corresponderle de la misma manera y a sobarle con la misma inconsciencia con la que aparentemente lo hacía él, que ni se inmutaba. El caso es que acabamos pegados el uno al otro en el sofá y hubo más abrazos y magreos, aparentemente inocentes, de los que jamás me había dado con ningún tío. Así nos pasamos algo más de tres horas en las que aparte de jugar nos comimos unas pizzas que habíamos encargado por teléfono, un par de refrescos más y tomado una bebida energética de moda como postre. Cuando terminó la partida tenía la espalda tan cargada de la posición del sofá y la tensión del juego que me tumbé boca arriba en el sofá y David, ni corto ni perezoso, también se tumbó reposando su cabeza en uno de mis muslos a escasos centímetros de mi paquete, que sin remediarlo se me empezó a poner algo contento. Estábamos exhaustos y empezó a contarme algunas de las paridas que hacía con sus amigos, los lugares por los que salía de fiesta y que había empezado un curso de fisioterapia al acabar el último curso de educación obligatoria y que quería dedicarse a eso. Y fue ahí cuando vi la ocasión perfecta para salir de dudas:

- ¿Ah, sí? Pues tengo un dolor de espalda terrible y tensión acumulada, a ver cómo me lo trabajas -le dije.
- ¿Es un reto? Venga, vente por aquí.

Me cogió de la mano con total naturalidad y me llevó a su habitación. Di por hecho que nada iba a pasar al ver los pósters de tías en tetas y subidas en espectaculares motos, todo muy sugerente. Quitó ropa que estaba encima de la cama, retiró la colcha y me dio instrucciones para que me tumbara boca abajo, apoyando mi cabeza en las palmas de mis manos. Era una cama de 90 en la que una persona está cómoda, pero dos están apretadas. Fue a otra estancia de la casa a buscar unas cremas y cuando volvió se sentó con las piernas arqueadas sobre mi trasero y empezó el masaje tras un:

- ¿Estás preparado?

Vi las estrellas. Según él, tenía un par de contracturas que se esforzó por quitarme aplicando distintas técnicas que iba comentando, de cuyo nombre no me acuerdo. A pesar de que era muy morboso tener a aquel chaval masajéandome la espalda, con aquellos dolores se me bajó toda la lívido y perdí cualquier remota esperanza de que algo pudiera pasar, hasta que David volvió a hablar:

- Bueno, esto ya está. Ahora toca la parte de relax para calmar toda la zona y aliviar tensiones.

Utilizó un par de cremas más y la cosa empezó a calentarse, aquello dejó de ser un masaje sumamente profesional para pasar a ser zorreo puro y duro:

- Habría que quitarse los gayumbos para no mancharse y tal, que estos productos salen mal, pero si te da palo, no pasa nada -dijo.
- Quítamelos -respondí, con seguridad.

Se hizo un silencio que duró al menos 15 o 20 segundos. Seguidamente escuché cómo se bajaba los calzoncillos, sentí cómo se subía de nuevo a la cama y noté cómo trataba de bajarme los slips con cierto nerviosismo. Se lo puse fácil arqueando el cuerpo y flexionando las rodillas. Los tiró al suelo y volvió a subirse sobre mi culo, esta vez sin telas de por medio. Creo que me puso dura justo en el momento en el que noté sus huevos sobre mi culo, calientes y blanditos. No hice nada, le dejé a él seguir con su masaje suave por toda mi espalda, pasó a sobarme el culo sin decir nada, las piernas, los pies, volvió a subir por las piernas y cuando se sentó de nuevo en mi culo, noté que no era el único que estaba excitado. David también la tenía dura y notaba como su rabo chocaba intencionadamente con mi culo.

- ¿Solo das el masaje por la espalda? -le dije, para caldear más la situación.

De nuevo, un silencio de más de 20 segundos. Y otra vez pude escuchar cómo su corazón latía con fuerza y, por primera vez, le vi nervioso:

- Sí, eh, claro... espera. Date la vuelta -dijo, tartamudeando.
Giré la cabeza para mirarle a los ojos, sonreí tibiamente y le dije:

- ¿Estás seguro?
- Claro -contestó, haciéndose a un lado de la cama para dejarme espacio.


Me di la vuelta sin apartar mi mirada de la suya y vi cómo, por mucho que trató evitarlo, sus ojos bajaron a contemplar mi polla dura y su lengua, involuntariamente, humedecía su labio superior. 

1 de diciembre de 2016

CAPÍTULO 164: RESENTMENT

Puede que haya pasado una década de aquello, pero aún lo recuerdo como si hubiera pasado ayer. Todavía te miro y no puedo perdonarte. Tampoco lo haré porque nunca has querido ser perdonado. Nunca sentiste que tuvieras que decir que lo sentías, que habías actuado mal. Que actuaste de forma egoísta. 

Por aquel entonces no eras ni una cuarta parte de lo que has llegado a ser. Te conocí porque eras uno de los mejores amigos online del que entonces era mi novio. De hecho, llevabais como dos años hablando por los chats de IRC y, posteriormente, por Messenger. Eras famoso para mi, mi novio te adoraba y siempre hablaba bien de ti, incluso antes de estar juntos, siempre tuvo buenas palabras para ese chavalín dos años más joven, simpático, divertido y encima guapo como pocos, que vivía a cientos de kilómetros, mar de por medio. Veo en mi mente tu primer detalle conmigo: aquella Navidad, cuando apenas llevaba un par de meses con él, en la que por sorpresa recibí por correo postal una felicitación navideña tuya vestido de papá noel. Un papá noel sexy y provocón que mandaba la felicitación con el jersey rojo abierto dejando al descubierto un cuerpo bronceado y fibrado que entonces ansiaba por tener. Y esa sonrisa que siempre has tenido, que acompañaba a la perfección a tus preciosos ojos.

Joder, pues entonces de verdad que el chaval este tiene que ser majísimo. Eso fue lo que me dije a mí mismo aquel día, cuando de verdad te lo digo, me hizo ilusión recibir tu felicitación. Esto empieza con buen pie, volví a pensar. 

Nunca sentí celos por tus conversaciones hasta las tantas de la madrugada con mi novio, por vuestros e-mails, sms, llamadas. No podía sentir celos de algo que había sido normal desde que éramos amigos, desde antes de ser pareja. Tan siquiera sentía celos cuando intentabas provocarle, cuando le decías que eras muy fogoso sexualmente y que te encantaría hacer tríos, que te daba mucho morbo. E incluso ver como una pareja follaba y pajearte enfrente de ellos. Prácticas que incluso hoy en día sigues haciendo públicamente tuyas. Tu y tus eternas insinuaciones. Miles de propuestas veladas de las que nunca me quejé, debido a que el amor que nuestra en persona en común me profesaba era auténtico y me tenía obnubilado.

Hubo una noche en la que le calentaste bien. Creo que nunca supiste que él me hacía partícipe de todas vuestras conversaciones subidas de tono, que para mi no eran un secreto. Le habías dicho que te daría muchísimo morbo estar en nuestra cama una noche y follar con los dos, mamarnos las pollas, pajearnos e incluso probar a que los dos te folláramos. Eras más crío, no habías tenido experiencias y tu lugar, a pesar de ser una capital de las importantes, no era tan gay-friendly como es en la actualidad. ¡Y entonces tu eras hasta tímido! Tan siquiera sé si se lo decías de verdad o solo para cascarte la paja de turno. Desconozco las palabras que usaste en aquella conversación por Messenger, pero el caso es que llegué a la habitación de mi novio y tenía tal calentón que aquella noche follamos cinco o seis veces, tantas que apenas nos salió lefa la última vez que nos corrimos y nos quedamos con el capullo rojo y oliendo a sexo como pocas veces. Las cosas y la energía de no tener ni 20 años. Nunca jamás volvimos a tener una noche tan fogosa. Fíjate cómo sería la cosa que nos llegamos a plantear aceptar un trío contigo si se diera la casualidad. ¡Ey! ¡Que por aquel entonces yo creía en el cuento del príncipe azul! ¡En las relaciones cerradas a cal y canto! ¡El cruising aún no había llegado a mi vida!

Después de eso tuvisteis una época de distanciamiento. Venías a Madrid algún fin de semana y lo cierto es que eras un chaval encantador y con quien me lo pasaba bomba. ¿Y cómo este chaval no tiene novio? ¡Si es un partidazo! Eso pensaba y, fíjate, muchos años después, en el presente, me puedo hacer las mismas preguntas. Nosotros pasamos por algún pequeño bache del que tu solo tuviste noticia de uno. El que más me cabreó. Mi novio te escribió un e-mail para pedirte consejo sobre cómo solucionar nuestro problema y tu, ni corto ni perezoso le contestaste:

"Lo que está muerto, está muerto. Cuando la llama se apaga, no se puede volver a encender. Lo mejor es que lo dejéis".

Así. Sin vaselina. Ante el menor problema, lo mejor es tirar la toalla. Vaya mensaje el tuyo, macho. A mi me aplastó leer aquellas líneas en respuesta al correo en el que mi entonces novio solo te pedía consejo a un problema concreto. Lo que no sabía es que tu intención era otra. Las novedades que estaban por llegar unos días después me lo aclararían.

Así, llegó la noticia de que te mudabas a Madrid en unos meses y querías compartir piso con mi novio, que claro, como él tampoco era de la capital y estaba en una residencia de estudiantes de la que estaba más que harto, pues era perfecto. Y, por supuesto, no entraba en tus planes tener que compartir el tiempo de mi novio. Lo querías para ti en exclusiva, porque sabías que se pasaba de viernes a lunes en mi casa e, incluso, algún día de diario también. ¿Y qué ibas a hacer tu solo, verdad? EGOÍSTA. Afortunadamente, el pequeño bache se resolvió con normalidad y yo seguí adelante como si esas palabras tuyas nunca se hubieran producido. 

Solo os quedaba buscar un piso y una persona más con la que compartir gastos.

Y de todo eso me encargué yo. Lo sabes. Yo busqué el piso, yo lo fui a ver, yo hablé con las dueñas, yo negocié el precio, yo os busqué a un compañero de piso ideal, yo os contraté los suministros y vosotros os encargasteis de lo fácil: el contrato listo para firmar. Un buen piso, un buen precio, un barrio humilde de la capital, bien comunicado: metro, renfe y autobuses a cinco minutos. En aquel verano que te viniste en julio a firmar, recuerdo que empezabas con el que fue tu novio durante muchos años. No querías que se supiera en la comunidad de amigos de la que formábamos parte y sabes que, de no ser por mi, se habrían enterado todos los que no que no querías que se enteraran. Joder, macho, en un mes te hice un montón de favores por lo que jamás pedí más que tu amistad y simpatía. Por los que jamás tuve un GRACIAS MARCOS. Pero sabes que a mi eso no me importaba.

Después todo empezó a torcerse. Descubriste que en Madrid tenías que hacer más cosas que salir de fiesta. Tus padres te exigían que estudiaras. Empezaste una carrera que odiabas, pero la empezaste por la presión familiar. No coincidías en el piso con mi novio, ni con el otro compañero, así que me contabas a mi lo que estabas pasando. Me contabas que querías dejar la carrera y yo escuchaba. Nos encontrábamos en el metro y nos íbamos a tomar café, para que tu te desahogaras. Las cosas entre tu y mi novio no estaban como habíais pensado. La razón es que te pasaste de frenada. Tu o el otro chaval con el que compartías casa. O los dos. Pero la comida de mi novio, pagada por mis padres en casi su totalidad, desaparecía de la nevera por arte de magia. Y eso, ya lo sabes, creó muchas tensiones. Tantas que os cruzabais por la casa sin miraros. Tantas que el día que dejaste la carrera, tus padres te cortaron el grifo y tuviste que volver a tu ciudad, no os despedisteis. ¿Y quién te acompañó al aeropuerto? Haz memoria. Sí, efectivamente, Marcos. El mismo que te fue a recoger en tu llegada unos meses antes. El mismo que olvidó tu egoísmo y tu mala fe y te trató como uno más de la familia. Como a un hermano.

Es en este punto donde me fallan los recuerdos. Creo que te reconciliaste con mi novio porque le pediste perdón en una carta sincera unos meses después. A mi nunca me llegaron tus disculpas, ni tu agradecimiento. Es más, de ti recibí el más puro pasotismo.

Después, cuando vuestra relación era casi inexistente, mi novio y yo lo dejamos para siempre. Pero eso hoy no toca. 

Llegó tu mudanza, durante el curso escolar, a las tierras del sur de donde era tu novio, diste con la carrera universitaria adecuada, hiciste un máster, volviste con tus padres, lo dejaste con tu novio y te pasaron cosas malas que no voy a contar aquí. Y siempre tuve palabras de aliento para ti, aunque la distancia estuviera por medio, aunque no nos viéramos prácticamente nunca, aunque sintiera dentro de mi que no te lo merecías. Nos seguíamos viendo cuando venías a Madrid e incluso nos hiciste de guía cuando fui a conocer tu ciudad natal. Y entonces surgió tu tímida estrella.

Hoy soy un mero número más en los casi diez mil seguidores que tienes en Instagram y tus cientos de amigos en otras redes sociales. Compartimos algún grupo de Whatsapp y poco más. No soy nadie significativo en tu vida, ni tu lo eres en la mía. Pero fíjate, consigo sacar tiempo aún hoy en día para animarte cuando nos haces partícipes de tus neuras

Sin embargo, en las pocas veces que coincidimos en persona, en las que siempre evitas sostenerme la mirada durante más de dos segundos, o cuando veo algún "directo" tuyo en Insta y me sumerjo en tus ojos no puedo evitar sentir que no te he perdonado. Que pude haber olvidado, pero jamás perdonado. No porque sea una persona rencorosa, sino porque es muy complicado poder perdonar a alguien que nunca ha querido ser perdonado. Que nunca ha sentido que tuviera que disculparse por su mala fe. Que nunca valorara todo lo que hice por él, mucho más de lo que esos falsos amigos con los que salías de marcha hicieron. Pero claro, en aquel entonces ellos eran más guays y os gustaba ser los guays de la discoteca Cool. ¿Qué te queda hoy de ellos? 

Sí, se que te has rodeado de buena gente que te apoya. Que tienes amigos auténticos tanto allí en tu ciudad natal donde sigues, como aquí en Madrid, ciudad que te ha acogido por temporadas. Fíjate, aunque probablemente no lo sepas, hemos tenido folla-amigos en común a los que ambos nos hemos tirado (en ocasiones separadas, claro). Y se que no eres mala gente, que tienes buen fondo. Por eso, querido conocido, porque no puedo llamarte amigo, espero que durante estos años hayas aprendido a pedir perdón a aquella gente a la que hayas hecho daño, consciente o inconscientemente. Supiste hace años que aquello me dolió y te dio igual, por eso digo, que espero que hayas aprendido. 

No te confundas, siempre te apoyaré en aquello que hagas y siempre hablaré bien de ti y de tu talento. Llegarás lejos, te lo dije hace diez años y te lo digo ahora, en estas líneas que no se si alguna vez leerás.

Que los focos y los escenarios no te nublen y que recuerdes que es con el pasado con el que se forja el presente que determinará nuestro futuro. 





Booty all out, tongue out her mouth, cleavage from here to Mexico
She walks wit a twist, one hand on her hip, when she gets wit'cha she lets it go
Nasty put some clothes on, you look to' down
Nasty don't know why you, will not sit down
Heels on her feet, swear she's in heat, flirtin' wit every man she sees
Her pants hangin' low, she never says no, everyone knows she's easy
Nasty put some clothes on, you lookin' stank
Nasty what's your problem, you should be ashamed



22 de noviembre de 2016

CAPÍTULO 163: ESPECTADOR DE UN MORBO AJENO

Aquel verano, en el que transcurren las últimas historias que os estoy narrando, fue atípico y diferente a los anteriores por varios aspectos. El primero ya os lo he contado: mis amigos Dani y Sergio no habían podido cuadrar sus vacaciones con las mías, tan solo íbamos a coincidir unos días ya entrado agosto. El segundo motivo, que es el que ocupa esta entrada, tiene que ver también con el aspecto laboral. Como algunos ya sabéis, trabajo desde hace años en la empresa que montó mi padre. Una empresa que empezó con tan solo dos socios y que poco a poco consiguió crecer hasta tener la necesidad de abrir sucursales en otras provincias españolas. La primera fue Barcelona, después una en el norte y la decisión de aquel año pasaba por decidir si se instalaban en Valencia o Málaga. Tenía que ser una de las dos, para minimizar riesgos en caso de que la cosa no saliera bien. Y a mi, que ni pinchaba ni cortaba en las decisiones de ese calibre, se me ocurrió proponer en una comida familiar que se abriera la sucursal en Alicante. Los beneficios eran obvios: se daría servicio a toda la Comunidad Valenciana, a Murcia, A Almería e, incluso, de haber interés, viajar hasta Málaga podría ser más sencillo. Por supuesto no voy a negar lo evidente: mi anhelo secreto era tener la posibilidad de viajar más a Alicante de lo que ya lo hacía. Pues bien, para mi sorpresa, se decidió que mi idea era buena y se tiró hacia adelante con la apertura de Alicante, que tuvo lugar a comienzos de aquel año, previos a este verano.

Lo cierto es que, aunque costó arrancar más de lo previsto, el invento empezó a funcionar. Lo que es más, ese verano la empresa puso en marcha una medida para que fuera más fácil conciliar las vacaciones de los niños con el trabajo de sus padres: la empresa ofrecería clases de refuerzo sin coste que tendrían lugar dentro del horario laboral de los padres, y para hacer algo de beneficio, se abriría el acceso a personas ajenas a la empresa, que en este caso sí tendrían que pagar una cuota. Lo que se llama diversificar el negocio. Resumiendo, se contrataron dos profesores (uno para las clases de primaria y otro para secundaria) que se encargarían de reforzar matemáticas, inglés y francés, en el caso de secundaria, y un poco de todo en primaria. La medida se anunció a bombo y platillo y fue todo un éxito, tanto que hubo que alquilar un local para cubrir la demanda, superior a la prevista. Todo comenzó bien hasta que a mediados de julio la profesora que se encargaba del refuerzo de secundaria nos dejó tirados, argumentando que le había salido otro trabajo a tiempo completo. Dado que yo estaba ya por la zona, que siempre se me habían dado bien los idiomas y las matemáticas, que tenía experiencia dando clases privadas,  fui el sustituto de emergencia, que al final acabó dando todo el santo verano. Sabían que no dejaría tirada a mi propia empresa y así salíamos del paso. Me tocaban dar 3 horas de clases por las mañanas, 3 días a la semana. Y, por supuesto, me ganaría un dinero adicional por ello. El grupo de chavales era de 13, así que nada del otro mundo, y en general, eran chavales, chicos y chicas, bastante agradables, de entre 14 y 17 años.

De entre ellos, había dos a los que llamaremos Daniel y Eduardo, que no estaban allí porque necesitaran repasar nada. Al contrario, eran brillantes y poco había que pudiera enseñarles o que no supieran ya. Eran dos chicos que pasaban ya de los 15 años,  1.75, delgados, con pelusilla en la cara y un pequeño bigote incipiente y pelos por todas las partes de su cuerpo. Según sus padres, estaban allí para no tenerles toda la mañana en casa sin control y, de paso, repasaban lo ya aprendido. La diferencia de niveles entre ellos y el resto era tal, que se aburrían en clase más de la cuenta y hasta cierto punto permitía que hablaran e hicieran alguna broma. Además, les gustaba sentarse en primera fila y de cuando en cuando me hacían partícipes de sus temas tan trascendentales de conversación (nótese la ironía). Ya se lo que está pasando ahora mismo por vuestras mentes, pero no, estos dos quinceañeros no tenían nada que les pudiera identificar como posibles gays. Es más, eran los típicos que se pasaban la clase hablando de fútbol, deportes, coches y tonterías varias que hacían con sus amigotes.

Sin embargo, las sospechas de que algo raro pasaba en las conversaciones que no me permitían escuchar se acrecentaron cuando en más de dos ocasiones en días diferentes, Daniel me pedía ir al baño mostrando un empalme evidente en su chándal al levantarse. De lo cual, por cierto, se acabó enterando media clase por la obviedad del asunto. Claro, son adolescentes... ¿quién no se ha empalmado involuntariamente en clase alguna vez? A pesar de los esfuerzos de Daniel por traer cada día camisetas más largas que casi le llegaban a la rodilla, el asunto comenzó a ocurrir todos los días. Además, a ello se sumaron movimientos extraños de brazos por debajo de la mesa y el hecho de que los dos chavales acababan con las mejillas sonrosadas cada vez que Daniel pedía ir al baño. Pero no conseguía pillarles en nada raro o sujeto a llamarles la atención. Además, pensé: "Marcos, son chavales, lo que pasa es que tu tienes la mente muy sucia". Y lo dejé pasar.

Cuando terminaban las tres dichosas horas, lo siento pero la docencia no es lo mío, 7 de los alumnos se marchaban a sus casas directamente y otros 6 se quedaban por las oficinas esperando a que sus padres o responsables les llevaran a casa una vez terminaban su jornada (no todos vivían en la propia ciudad de Alicante). Solían esperarles en un office mediano habilitado con máquina de café gratuito y una máquina vending que dispensaba bocadillos y alguna bebida.

- Marcos, perdona, me preguntan los padres de Edu y Dani si sabes dónde están -me preguntó mi jefe, responsable de la sucursal de Alicante.
- Mmmm pues la verdad es que no tengo ni idea. ¿No están el office?

La clase había terminado hacía ya más de una hora y los chavales estaban desaparecidos. Bajé al local donde dábamos la clase, dentro del mismo edificio, por si se hubieran quedado allí pero, a simple vista, no vi nada. Nada, hasta que me fui a subir de nuevo y reparé en una pequeña cortinilla de luz que salía de los aseos. ¿Me había dejado la luz encendida? Qué raro... Doblé el pasillo, me acerqué despacio a la puerta y escuché respiraciones intensas, susurros, algo que parecía como un perro jadeando tras haber corrido unos cuantos metros.

- ¿Hola? -dije con voz potente, pero cautelosa.

Enseguida empezó a oírse un pequeño estruendo, zapatillas y puertas...

- ¿Hay alguien? -insistí, sin querer abrir la puerta.
- Ah... eh, sí, profe, estamos aquí, eh, sí... ya salimos... -dijo Edu.

Me quedé un par de minutos esperando con cara de pocos amigos y cuando abrieron la puerta aparecieron con la cara llena de sudor y algo despeinados.

- ¿Qué coño hacíais ahí dentro? -dije.

¿Veís? ¿A qué profesor se le ocurriría dirigirse a sus alumnos con un taco? Si es que no...

- Nada, profe, joer, que a Dani le ha dado un apretón y aquí estábamos, a ver si se encontraba mejor -me dijo Edu.

Intentaban disimular la risa, pero desde luego no iban a conseguir tomarme por gilipollas. Me los subí arriba y lo dejé pasar. Oficialmente, me creí su versión de cara a las preguntas ajenas, pero interiormente sabía que entre esos dos algo ocurría.

Nada de esto volvió a repetirse durante la siguiente semana: ni peticiones de ir al año, ni chicos empalmados, ni miradas de complicidad... Una semana les duró. A la siguiente volvieron a su normalidad. Y una vez más, dos viernes después, ni Edu ni Dani aparecían. Esta vez nadie tuvo que decirme nada, ya estaba pendiente de que la situación no volviera a repetirse. Trascurridos 20 minutos, al no verles en el office, me bajé de nuevo al local en su busca. Sabía bien donde buscar, solo que esta vez estaba decidido a averiguar qué era lo que realmente pasaba entre esos dos. Como en la vez anterior, la cortinilla de luz procedente del baño les delataba. Cerré con llave la puerta del local para nadie entrara y con cautela abrí un poco la puerta del aseo de chicos y me quedé observando. Lo que vi me sorprendió, pero a la vez me alivió, porque no es que yo tuviera una mente sucia, es que joder, estaba en lo cierto.

A través del reflejo del espejo les pude ver de pie, de espaldas a mi, con los pantalones y calzoncillos a la altura de los tobillos, los cuerpos pegados y sus manos en la respectiva polla de cada uno. Se estaban cascando una paja el uno al otro y lo más curioso es que con la mano que les quedaba libre, se sobaban los culos y la espalda con bastante deseo, que era lo que yo veía a través del reflejo del cristal. Quizá no sea políticamente correcto decir esto, pero confieso que me empalmé viendo la escenita, oyendo sus jadeos, contemplando sus miradas a la polla del otro y viendo como apretaban los culos justo antes de que dos buenos chorros de leche impactaran contra el suelo, casi a la vez. Me marché cuando empezaron a vestirse y a limpiar con papel lo que habían ensuciado y, vaya, cuando se dieron la vuelta me sorprendió ver lo bien dotados y desarrollados que estaban ya. Aunque no me sorprendió, porque yo con casi 16 años, ya tenía todo bastante desarrollado.

No les dije nada, de hecho me sentí tan identificado con ellos (mis primeras experiencias fueron similares) que simplemente me marché y les esperé en el office, a donde llegaron un cuarto de hora después con sonrisa de oreja a oreja, diciéndome que les gustaba mucho estar viniendo a estas clases. "Claro, claro...", pensé yo. Fueron listos, esta vez habían estado más pendientes del tiempo y llegaron bastante antes de que sus padres terminaran de trabajar. El comportamiento volvió a ser similar el lunes y el miércoles. Di por hecho que se sobaban las pollas con disimulo en clase por encima del pantalón de chándal y cuando no podían más, pedían permiso para ir al baño. Sin embargo, volvieron a esperar al viernes para tener otro encuentro en los baños. Si bien los días anteriores se subían conmigo al office y se quedaban allí, el viernes desaparecían de allí aprovechando que yo tenía que hacer otras cosas. De modo que cuando regresaba al office, los dos chavales ya no estaban allí. Me bajé de nuevo al local, preso del morbo por volverles a ver, y la situación volvió a ser la misma del viernes anterior. Cuando llegué, ya estaban abrazados y con los pantalones por los tobillos, pero estaba vez tenían una conversación:

- ¿Por qué no lo hacemos, tío? Estoy cansado ya de pajas... -le decía Dani a Edu.
- ¿No es eso ya de muy maricas? -le respondía Edu.
- Venga, empiezo yo y si va, sigues tu, ¿va? -le decía Dani.

Edu asintió y yo vi, estupefacto, como Dani se ponía de rodillas, giraba a Eduardo y se metía su polla en la boca cerrando los ojos con fuerza. Esta vez les veía de frente sin necesidad de espejos, con mucha más claridad. Por la cara de Eduardo di por hecho que le gustaba lo que le hacía Dani, que seguía chupando polla con esa cara de limón estreñido evitando en todo momento abrir los ojos.

- Para, para... que me corro, tío, para... -le susurraba Edu.
- ¿Cambiamos? -le dijo Dani.
- No se, tío, ¿cómo es? -contestó Edu.
- Raro, es raro, pero no sabe mal y está caliente y mojada... -le dijo Dani.

Acto seguido se puso de pie y Edu se arrodilló, también cerrando los ojos fuertemente y metiéndosela en la boca con una expresión de asco obvia, que fue cambiando pasados unos minutos. La polla de Dani era algo más larga (unos 17 cm), menos gruesa y sin circuncidar, con buen pellejo. La Edu tendría alrededor de 15 centímetros, más gorda y operada. En ambos casos con bastante vello. La expresión de placer en la cara de Dani era asombrosa y a Edu la cara se le relajó tanto que hasta se animó a coger a su amigo de los glúteos y comerle la polla bien. No le duró mucho, porque Dani también avisó de que se corría y Edu paró. Pude ver como a ambos les temblaban las piernas. Y sí, esta vez también estaba empalmado viendo aquello.

- ¿Y si probamos a follarnos? -volvía a proponer Dani.
- ¿Por el culo? -dijo Edu, con sorpresa.
- Claro, tío, ¿por dónde va a ser? -dijo Dani, y ambos rieron nerviosamente.
- Pero... te doy yo a ti, ¿no? -dijo Edu.
- Vale... -dijo Dani no muy convencido.

Sin perder ni un centímetro de erección, Dani apoyó sus manos en el lavabo, se quitó los pantalones de los tobillos, abrió las piernas y se dirigió a su amigo:

- Ahora me lo tienes que escupir y llenar de saliva -le decía, como recordando algún manual.
- ¿Que te chupe el culo? -volvía a sorprenderse Eduardo, abriendo mucho los ojos.
 - No, no, joder, qué asco, no. Échame un gapo o mójate los dedos, como el otro día en tu casa -dijo Dani.

Vaya, por lo que entendí con esa frase, ya debían de haber experimentado a meterse dedos. Edu flexionó las piernas para situarse frente al culo que Dani se abría con las dos manos, le escupió un par de veces y, mojándose los dedos en saliva, se los pasó por el agujero con cierto temor.


- ¿Así está bien? -le decía Edu.
- Sí, ahora métemela poco a poco -le pedía Dani.

En ese momento no sabía qué hacer. ¿Interrumpía la situación? ¿Les dejaba probar? A fin de cuentas si yo no estuviera allí, mirando, frotándome la polla por debajo del pantalón, nadie podría llamarles la atención y lo iban a intentar más tarde o más temprano.

Edu pecó un poco de bestia queriéndosela meter con demasiada fuerza y cuando solo había metido su grueso capullo, Dani pegó un pequeño grito y le dijo que parara:

- Mejor nos la chupamos, ¿no? -dijo Edu.
- Sí, va a ser mejor -contestó Dani, que sin perder el tiempo, miró al reloj, empujó a Edu contra una pared, se arrodilló y le volvió a comer la polla, aunque esta vez con los ojos bien abiertos y disfrutando de lo que hacía.

Poco le duró esta satisfacción:

- Me corro Dani, me corro...-avisó Edu.

Pero Dani no paraba y Edu ponía cara de sorpresa:

- Dani, que no aguanto, joder, que me corro... Ah, Dani, oh... joder...-gemía Eduardo, que eyaculaba en la boca de Dani.

Dani puso cara de cierto asco, pero el movimiento que hizo su garganta me hizo comprender que se lo había tragado todo.

No quise ver más. Me daba miedo ceder a mis impulsos y terminar pajeándome allí, viendo la escena, no hubiera sido por falta de ganas, pero no me pareció demasiado ético. Me marché a la clase principal, mandé un Whatsapp a mi jefe diciéndole que estaba con los chavales en clase explicándoles un tema que no entendían y esperé a que se me bajara la erección tratando de pensar en otras cosas. Aún tardaron diez minutos largos en salir, imagino que Edu también se la habría acabado mamando a Dani. Escuchaba a lo lejos su conversación, cómo abrían la puerta y el ruido del interruptor apagándose.

Por la expresión de sus caras al doblar el pasillo y verme sentado en una de las sillas, no esperaban para nada encontrarme allí:

- Pero, profe, no sabíamos que estabas aquí...-dijo Edu, mirando a Dani con cara de preocupación.
- Tranquilos, que no se lo voy a contar a nadie -dije, con serenidad.

Se miraron.

- ¿Y el qué podrías contar? -preguntó Dani con cierto temor.
- ¿En serio quieres que lo hablemos? -dije.
- No hacíamos nada malo, profe...-dijo Eduardo.
- No he dicho que estuvierais haciendo nada malo. He dicho que contáis con que no se lo cuente a nadie -respondí.
- Pero... ¿nos has visto? -insistía Edu ahora.
- Imaginad que en vez ser yo, soy uno de vuestros padres que entra aquí buscándoos y empieza a oír gemidos que proceden del baño... -dije.
- ¡Joder, qué marrón! Pero no somos mariquitas, profe...-decía Dani.
- No me tienes que dar explicaciones, ni voy a juzgaros. Solo os voy a pedir que tengáis cuidado -les dije.
- Sí, si, no va a pasar otra vez -dijo Edu, deprisa, como para librarse de una bronca que no se iba a producir.
- No, no lo entendéis. Si tiene que volver a pasar, que pase. Porque, habéis disfrutado, ¿o no? -les pregunté.

Se miraron sin decir nada y se sonrojaron aún más, sonriendo y mirando al suelo.

- No habéis hecho nada malo, pero eso de tragarse la leche, chicos, como que no... Hay que tener cuidado. Y si probáis a follaros, más os vale tener uno de estos en vuestra mano -dije, lanzándole a Edu un condón que tenía guardado en mi cartera, que atrapó con sorprendentes reflejos.

Se sentaron y estuvimos hablando largo y tendido. Traté de quitarles muchísimos prejuicios que tenían en la cabeza, su máxima obsesión es que ellos "no eran mariquitas", así que les recomendé que no se obsesionaran con etiquetarse y que se limitaran a disfrutar con cabeza, cuidado y eligiendo bien los lugares. Fue una conversación mucho más sensata de lo que hubiera imaginado y se convirtió en una tónica general que cada día, al terminar, me preguntaran dudas sexuales, rollo consultorio, una vez se habían marchado el resto de sus compañeros. Pero como todo, el verano terminaba y probablemente no volvería a ver a estos chavales durante meses.

Eso sí, me costó semanas quitarme esas imágenes de la cabeza y vencer la calentura que me provocaban cada vez que se pasaban por mi mente.

14 de noviembre de 2016

CAPÍTULO 162: CRUISING EN LA ZENIA BOULEVARD


Esta vez no se trata de una historia que surgiera de la casualidad, por mucho que esta haya sido una tónica predominante en muchas de mis historias. Por eso, nada tiene que ver esta historia con la entrada en la que os hablaba del cruising en otro centro comercial cercano, el Habaneras. Diréis que parece gustarme buscar sexo en este tipo de entornos, tras las entradas de Habaneras y Parque Sur entre otras, pero lo cierto es que no forma parte general de mis gustos; aplico el dicho que dice aquello de "una vez al año, no hace daño". Quizá el mayor reparo que tengo con practicar sexo en aseos de centros comerciales es que a veces puedas exponerte a un público que debería ser ajeno a todo esto, especialmente los niños, que pueden entrar perfectamente a un aseo y toparse con gemidos y ruidos que le den qué pensar. También, muchas veces el estado de los aseos no es precisamente el adecuado para tener sexo: suelen estar sucios y ponerse de rodillas puede llegar a ser toda una aventura de riesgo. Otras veces, sin embargo, se dan todos los condicionantes para disfrutar de un rato de morbo en un aseo: que haya limpieza y que des con un tío discreto.

Aunque se piense lo contrario, el Centro Comercial La Zenia no está en Torrevieja, sino unos pocos kilómetros al sur de ésta: en Orihuela Costa. Se trata de un enorme lugar que se abrió hará ya unos cinco años, con una publicidad bestial en todos los municipios de alrededor. Es uno de los centros comerciales de España más grandes que conozco y cuenta con las principales marcas de tiendas y restauración. Lo que más me gusta de este lugar es el concepto, ya que por decirlo así, está al aire libre.



A pesar de su magnitud lo cierto es que en temporada baja suele estar bastante muerto, pero en temporada alta (puentes, semana santa y todo el verano) se pone reventar cualquier día de la semana, en cualquier franja horaria. La primera vez que fui, un mes de julio de algún año anterior a la historia que luego os contaré, me di cuenta del potencial sexual que podría tener: baños bastante amplios, con buenas puertas y poca vigilancia. El público era inmejorable por la tarde y noche: muchísimo joven y veinteañero de buen ver, con buenos cuerpos y que lanzaban miradas furtivas. ¿Lo malo? Que el aluvión de gente que normalmente lo frecuenta te hace ser extremadamente cauteloso y discreto.

"Esto es carne de cañón para el cruising, mucho mejor que el Habaneras", pensé, cuando me montaba en el coche de Dani y volvíamos a nuestro lugar de veraneo. El caso es que me olvidé del asunto hasta que tiempo después, en el foro de RolloXY, encontré que había gente que quedaba en los baños de al lado del Primark para tener sexo. Leí estupendas anécdotas de mamadas a chavales jóvenes, enculadas y folladas. Seguí buscando información por la red y, efectivamente, pude comprobar que se trataba de un nuevo lugar de cruising. No quizá un lugar de masas, que no lo es, pero sí un lugar donde disfrutar de un rato de morbo si la suerte acompaña.

La Zenia Boulevard, que es así como se llama, está muy bien comunicado por carretera, puedes llegar tanto por la AP-7, como por la N-332 y una vez pasas Torrevieja y Punta Prima empiezan los carteles que te indican cómo llegar: con las indicaciones y un GPS (para la primera vez) no tiene ninguna pérdida. El aparcamiento es muy extenso y siempre hay hueco fuera de las zonas de máxima afluencia. También sé que hay autobuses de Costa Azul que lo unen con Torrevieja, pero lo cierto es que desde que tengo coche me preocupo menos por el (mal) transporte público que hay en toda la provincia de Alicante.


El primer día que decidí ir a probar suerte fue un sábado por la tarde, como os imaginaréis estaba a reventar de gente. Aproveché que tenía que hacer compra grande y me dije: pues me voy a La Zenia y cuando termine pruebo suerte en los baños del Primark. Tras mi última experiencia con el tiarrón que no me dejó hacerle nada, os confesaré que tenía muchísimas ganas de encontrar una buen tío, activo y pollón que le apeteciera dar caña, eso era lo que me pedía el cuerpo. Así que dicho y hecho, hice la compra, la bajé al coche, me di una vuelta y me fui directo a los baños de al lado del Primark. No había mucha gente y, aunque odio los urinarios de pared, me quedé simulando que meaba un buen rato en ellos. Además, en mi perfil de las apps de ligoteo puse dónde estaba y qué buscaba y dejé las apps abiertas en el bolsillo. Por allí empezaron a pasar varios tíos: la mayoría a mear sin buscar nada más, alguno que otro echaba alguna mirada a mi polla morcillona y, finalmente, apareció él. Un chaval bastante alto que no pasaba de los 30 años, delgado, con cuerpo normal y cara aniñada. Se puso en el urinario de al lado, orinó con normalidad y empezó a mirar por el rabillo del ojo a mi rabo. Como vi que se produjo en más de una ocasión y, aprovechando que no había nadie más, empecé a meneármela con suavidad y a mirarle de cuando en cuando a la suya. Interpretó a la perfección mi señal y empezó a hacer lo propio con la suya: una polla larga, pero fina, un poco descompensada. No era mi ideal, pero podría estar bien para unas mamadas. 

Pasados unos segundos estábamos los dos con el rabo bien tieso hasta que el chaval se decidió y metiéndose la polla con dificultad en el pantalón, se dio la vuelta y se dirigió hacia una cabina. Se metió en ella, entornó la puerta y carraspeó un par de veces. Pillé la indirecta, esperé a que un hombre que entraba empezara a orinar y cuando lo hizo, me abroché la cremallera y me dirigí a la cabina con disimulo. Entré despacio y cerré la puerta con pestillo tras de mí. El chaval me levantó la camiseta y empezó a comerme los pezones y los pectorales, mientras que con una mano me sobaba el paquete. Intenté frenarle, le apoyé contra la pared, le comí el cuello y le empecé a bajar el pantalón de chándal y a sobarle la polla ya dura por encima del calzoncillo. De nuevo, me empujó a mi contra la puerta y empezó a bajarme la cremallera y a sobarme la polla, que me acabó sacando y pajeando. Como si se tratara de una pequeña lucha inofensiva, traté de imponerme y, con máximo sigilo, le apreté del pecho para separarle, volverle a apoyar contra la pared, ponerme en cuclillas y sacarle la polla del calzoncillo. Se la empecé a chupar un poco, cuando me paró en seco susurrándome:

- Tío, busco más chuparla yo, no me complace mucho cuando me lo hacen, ¿sabes?. Déjame comértela un poco y si quieres me follas, que tengo culo tragón.

¿Otra vez lo mismo? ¿Dar mi polla sin que me dejen jugar con la suya? No, de eso ya había tenido hacía dos días:

- Lo siento tío. No busco esto. Busco tíos más activos -le dije, subiéndome el pantalón.
- Anda venga, déjame que te la chupe un poco, no te puedes ir con este calentón -insistió, echándome mano.
- Que no tío, no insistas -le respondí.

Le aparté mano, abrí el pestillo y salí de allí con máxima normalidad. La verdad es que me había cabreado tanto la situación que me marché directamente al aparcamiento, cogí el coche y me marché a casa.

No obstante, volví el martes siguiente con algo más de suerte. Tras aparcar el coche sobre las cinco de la tarde, me dirigí a algunas de tiendas de ropa a mirar alguna camiseta de tirantes que me hacía falta. El calor apretaba y pese a los chorros de agua difuminada que echaban los aspersores colocados por todo el centro comercial, solo te encontrabas cómodo al fresquito del aire acondicionado de las tiendas. Fue en el Jack&Jones, otra vez, igual que me pasó en el Habaneras tiempo atrás, donde me di cuenta que un chaval que pasaba ligeramente de los 20 años me miraba más de lo debido. Vale, ese día iba con unos pirata negros y una camiseta de tirantes amarillo-pollo bastante holgada, que me permitía insinuar bastante bien mi cuerpo. No le di mayor importancia hasta que unos minutos después me encontré con el mismo chaval escudriñándome con su mirada en otra conocida tienda de ropa, así fue ocurriendo hasta en tres tiendas más. El caso es que solo se limitaba a mirarme y situarse cerca de mi fingiendo interés en ropa que tan siquiera se probaba. Lo cierto es que este juego que se traía de miradas e insinuación me estaba empezando a provocar bastante y encendía en mi un calor con ganas de ser refrescado. En la última de las tiendas, me metí al probador a ver si me quedaba bien una camiseta negra y azul que había llamado mi atención. Una vez la tenía puesta, abrí las cortinas del probador para verme en el espejo con más perspectiva y apareció nuevamente este chaval, que era considerablemente alto, guapete, sin un solo pelo en la cara y con un cuerpo proporcionado:

- Te está bien, aunque con el cuerpo que tienes la podrías llevar mucho más ajustada -dijo, con total naturalidad.
- Ah, sí, gracias. Ahora voy a por una -contesté.
- Espera, que te la traigo yo -se ofreció.

Cuando regresó segundos después con una talla menos, le pregunté si es que trabajaba en el centro comercial, porque ya le había visto en varias tiendas. No me va mucho eso de dar vueltas cuando una situación me produce sentimientos encontrados:

- No, lo que pasa es que te vi solo y bueno, parece que siempre está bien contar con una opinión de lo que pasa.

Mientras teníamos esta pequeña conversación, aproveché para quitarme la camiseta, coger de sus manos la otra talla, ver cómo sus ojos no podían evitar correr por todo mi cuerpo y cambiarme allí, delante suya:

- Sí, esta mucho mejor -dijo, mirándome a través del espejo y pasándose una mano sutilmente por el lado derecho de su paquete.

Le agradecí la ayuda, me despedí y me dirigí a una tienda de refrescos. Aproveché la conexión Wi-Fi y abrí el Grindr. Me saltaron varias conversaciones, entre la que destacó:

"La camiseta te realza los pectorales de sobre manera, te espero en los baños de al lado del Primark y si quieres me dices cómo me quedan los nuevos gayumbos que me acabo de comprar".

A la conversación le seguía una foto de este chico, el que me había seguido por las tiendas, con unos calzoncillos apretados y la polla tiesa debajo de éstos. Un buen pollón, que fue lo que encendió en mi las ganas de zampármelo. No le respondí, me tomé la bebida que había pedido y me fui directo a los baños de al lado de la conocida tienda. No había más que un hombre lavándose las manos, así que usé los urinarios. De pronto, escuché a alguien dar unos golpecitos suaves en una de las paredes de madera de las cabinas y una puerta de una de ellas se abrió. Eché un ojo y salió una mano que me hizo un gesto. Me abroché la bragueta y entré a la cabina como por despiste (no fuera ser que hubiera interpretado mal las señales). Allí estaba este chaval, sólo en calzoncillos, con el resto de su ropa metida en bolsas de algo que se había comprado, y con el rabo bien duro debajo del gayumbo. Le dije que creía que le sentaban muy bien y le empecé a sobar la polla mientras él me quitaba la camiseta. Me sobó el cuerpo y me comió el cuello y los pezones, pero yo no soltaba ese rabazo que intuía a través del tacto de la tela. Nos comimos un poco las bocas jugando con nuestras lenguas húmedas y cuando me hubo calentado bastante, le apoyé contra la pared y le bajé los calzoncillos con decisión. De allí salió una polla no circuncidada  de unos 17 centímetros y buen grosor, totalmente depilada y muy blanquita. Enseguida me di cuenta de que no descapullaba, porque intenté hacerlo con suavidad en un par de ocasiones y el chico me detuvo. No fue un problema, me agaché y me la metí entera en la boca. El chico se dejó hacer y me tuvo mamándosela algo más de diez minutos, la tenía algo sudada, pero limpia, en ese punto en el que el sabor es agradable y te llena de morbo. Me gustaba su discreción, controlaba muy bien la respiración, no gemía y no dábamos el cante. Noté que su polla se endurecía aún más y que sus manos empezaban a masajearme el cuello con más deseo y fuerza:

- Me corro... -susurró.

Saqué su polla de mi boca, le casqué una paja y se corrió a medio camino entre mi cuello y mi pectoral izquierdo. Una corrida bastante pobre a decir verdad, un par de chorrillos pequeños, unas gotitas y se acabó. O se corría poco por defecto o lo había hecho no hacía mucho. Me limpió con papel del WC, se sentó en la taza, me levanté, me acercó a él, me bajó los pantalones y calzoncillos y me cascó una paja hasta que me corrí en su cara, como él quería. Me dijo que no le iba mamarla, ni follar en estos sitios, así que bueno, le agradecí el gesto de pajearme para quitarme el calentón que me había dado tener su rabo en mi boca.


Desde entonces no he vuelto a tener sexo en este centro comercial porque no ha surgido de ir hasta allí por ese motivo. Sí he vuelto con mis amigos y se ve movimiento en estos baños principalmente, muchas miradas furtivas y tíos entrando juntos como quien no quiere la cosa. Desde luego, en temporada alta es un buen sitio donde intentar vivir un rato de morbo si se pasa por allí. No lo recomiendo para ir expresamente a ver si te surge algo, sino que si tienes que ir a comprar, comer, cenar o lo que sea, aproveches a echar un ojo y ver si hay suerte. Ideal para unas mamadas, pajas o algo rapidito. No lo veo muy apropiado para follar, ya que se hace más ruido y siempre hay gente entrando y saliendo. Especialmente en fines de semana o por las tardes. Baja afluencia en temporada de invierno.