6 de julio de 2016

CAPÍTULO 156: TU OLOR A RABO ME LA PONE DURA

He de admitir que tras la fatídica experiencia que viví con Fabián me costó un tiempo, algo más del que ha tardado esta entrada en ser publicada, rehacer mi vida afectiva y sexual. Leído por aquí todo parece muy sencillo: pobre chaval de 18 años que se acababa de llevar un chasco, ¿en qué pensaba? Pues pensaba en lo que una persona con mucha más experiencia que yo me había hecho sentir. Hasta este momento, en mi vida, todas las experiencias que había tenido se habían limitado al sexo interesado: con El Peque, El Cata, Lolo, los malotes... Todos ellos estaban explorando su sexualidad y decidieron hacerlo conmigo, de lo que no me quejo por cierto, pero la cosa es que mi final feliz estaba todavía pendiente. Pensé que mi historia con Fabián sería esa en la que me iba a echar un novio y ya después se vería lo que duraba o dejaba de durar, pensaba que tenía mi historia de amor ahí, al alcance de los dedos, con un chico que me cautivó desde el principio. Y preso de su cautividad me costó mucho volver a salir a luz.

El comienzo de la universidad, del que ya os hablaré en otra ocasión, la llegada de amigos nuevos, los comienzos en la noche madrileña y la preocupación de los amigos de toda la vida hicieron el trance mucho más fácil de llevar. De pasarlo mal al principio y no dar crédito a lo que te está sucediendo, a empezar a dejar de pensar en él tanto y acabar por darte igual unos meses después. Justo el tiempo en el que te vuelves a sentir capaz de volver a estar con otro tío. Justo el tiempo en el sexo vuelve a despertar en ti y lo hace gritando a viva voz.

Así, en una templada noche de viernes de primavera del mes de abril, mi hambre sexual volvió a despertar. ¿Sabéis ese momento en el que las pajas dejan de ser suficiente y necesitas ese "algo más" para saciarte? Pues así me encontraba aquella noche, recordando y siendo consciente de que el último polvo que había echado había sido aquel de despedida con Fabián en su piscina. Tenía ganas de todo: activo, pasivo, chupar, que me chuparan, magrear, comer boca... En definitiva, tenía ganas de estar con un buen tío a mi lado que me diera un rato de buen sexo, de ese que no te compromete a nada, de ese en el que lo das todo.

Entonces las apps de ligue todavía no estaban ni en proyecto, pero los chats eran mucho más útiles que ahora. Sí, siempre han estado llenos de calientapollas que no quieren más que hacerse una paja con morbo detrás de la pantalla, o de esos que prefieren hacerlo todo por webcam "sin caras", o de esos que se divierten haciéndose pasar por quienes no son (cosa que nunca podré entender, lo siento). Sin embargo, como he dicho antes, aquella noche no estaba yo para tonterías a través de una pantalla, aquella noche quería tema, tema real. Fijaos que a pesar de mis gustos por el cruising, aún dormidos en esta época, fui bastante tradicional, pues esa noche quien me encandiló fue un chico cuyo nick era "TuOlorMePone24". Hasta ese momento había pasado bastante de los tipos a los que les iban el rollo pies, olores y cosas que se salían de lo común. Pero este chico resultó estar en la ciudad de al lado, con sitio y parecía querer tema de verdad. Además, el hecho de que fuera unos años mayor que yo le daba un extra. Estuvimos largo rato hablando por el chat, conociéndonos, hablando con absoluta normalidad aún sin caer en el tema sexual, hasta que en un momento en el que la conversación se calentó decidí dar un paso adelante y decirle que tenía ganas de follar. Así, sin más rodeos. Nos agregamos al Messenger, nos pasamos unas fotos porque él no tenía cam, nos molamos, me dio la dirección y antes de cortar la comunicación me hizo la siguiente pregunta:

- ¿Te vas a duchar antes de venir?
- Sí, tío, para estas cosas me va la higiene -respondí.
- ¿Y si te pido que no te cambies los calzoncillos y traigas los usados te pensarás que soy un raruno? -insistió.
- Hombre, raruno no, pero eres el primero que me lo dice -expliqué.
- Es que el olor a rabo me la pone dura. No hay nada que me la ponga más dura que un tío que venga de un día fuera, con los gayumbos currados... Pero a ver, de un día, si están cagaos y eso, quita, quita jajaja -aclaró.
- Me duché ayer por la tarde, si quieres no lo hago...-insinué.
- Pfff me la estás levantando solo de pensarlo -reafirmó.

No me preguntéis por qué, pero aquella simple conversación también me calentó a mi más de la cuenta. Me limité a lavarme un poco los sobacos y los pies, me vestí y salí de casa diciéndole a mis padres que me iba a tomar algo con unos amigos. No hicieron más preguntas, nunca fueron excesivamente entrometidos en mis planes. Solo preguntaban a dónde y cuando volvería. Nada más.

Me bajé andando hasta la parada del autobús interurbano que me llevaba justo a su calle y 25 minutos después estaba llamando a la puerta de su casa. Cuando me abrió y nos presentamos, las sonrisas de nuestras caras y la chispa en nuestros ojos significaba algo así como: joder, estás mucho mejor en persona. Y sí, aquel chaval, que fácilmente pasaría por tener 20 años, era tan alto como yo, fibrado (me abrió la puerta solo con pantalones cortos de deporte), sin un pelo en el cuerpo, masculino y con la voz muy grave. Se me puso morcillona sin haber acabado de entrar a su casa, un piso típico de las grandes ciudades dormitorio del sur de Madrid.

No le di tiempo a que me ofreciera nada, sino que tras la típica conversación de 3-4 minutos de cuando acabas de conocer a alguien, le empotré contra una de las paredes del salón y le empecé a comer la boca y sobarle el cuerpazo que tenía con bastante desenfreno. A pesar de sus gustos, he de decir que el chaval estaba limpio como una patena y olía a gel de ducha. Entre morreos y magreos de cuerpo, me cogió la mano y me llevó a una habitación donde tan solo había una cama de 1,20, una mesilla y una pequeña lámpara envuelta en una especie de tela azul oscura que daba a la estancia un aire de privacidad brutal. Esta vez me apoyó el en la pared y con calma empezó a quitarme la ropa. Primero me quitó la sudadera deportiva que llevaba tirándola al suelo, se entretuvo unos segundos tocándome los brazos y comiéndome el cuello, después me quitó la camiseta y se entretuvo unos minutos lamiéndome todo el pecho, abdomen y, especialmente, las axilas (en las que si aún quedaba algún resto de jabón, él se esforzó en quitármelo). Entre tanto lametazo, de cuando en cuando bajaba una de sus manos y me bombeaba el paquete, que me iba a estallar allí bajo aquel apretado pantalón vaquero oscuro. Si hacía algún intento de tocarle o besarle, me llevaba un dedo a la boca para que lo lamiera con una sonrisa que enamoraría a cualquiera y me frenaba en seco. En ese momento se arrodilló en aquel suelo blanco de terrazo, me desabrochó el pantalón, me lo bajó por los tobillos y se quedó contemplando mi paquete:

- Slips negros. La mejor opción -dijo sonriendo.

Me los empezó a oler con mucha calma y entretenimiento, pasaba su boca por encima de mi polla y mis huevos sin lamerlos, después volvía a oler y gemía llevándose la mano a su propio paquete, más tarde ya empezó a lamer la tela quedaba encima de mi polla y huevos dejándola totalmente húmeda. Se bajó el pantalón de deporte (no llevaba ropa interior debajo) y se empezó a pajear suavemente mientras seguía lamiendo con deleite mi gayumbo. Al verle la polla, rosadita, de grosor normal y de unos generosos 18 centímetros, totalmente depilada, mi boca empezó a salivar de forma desmesurada. Se dio cuenta en una de las pocas veces que subía la mirada a mis ojos y me dijo:

- Tranquilo, que vas a poder chupármela todo lo que quieras. Me puedo correr hasta 3 o 4 veces en poco tiempo. Además, si tu supieras lo que me pone tu olor a rabo...

Y, efectivamente, atrapando mi paquete tratando de metérselo entero en la boca, aceleró la paja y se corrió abundantemente allí en el suelo:

- Túmbate boca abajo, porfa -dijo, sacando un rollo de papel de la mesilla y limpiando la corrida.

Dos minutos después tenía al chaval comiéndome el calzoncillo por la parte del culo con auténtica pasión y gemidos sin parar. Tras estar un rato lamiéndome el calzoncillo, me los quitó, me dio la vuelta y me empezó a hacer una mamada con muchísima cantidad de saliva, tanta que yo creo que tuve que poner los ojos en blanco del placer que sentía teniendo mi rabo y mis huevos envueltos en aquella saliva caliente. Al notar que me quedaba poco para correrme, se puso del revés encima de mi y empezamos a hacer un 69. Su polla estaba buenísima, eso o las ganas de sexo que tenía, no se, pero la recuerdo como una de las más duras, más en forma y más ricas que me he comido nunca. Cumplió su promesa de dejarme mamar todo lo que quisiera dejando de chupármela a mi cuando notaba que me iba a correr, pero llegó un momento en que le dije:

- No puedo más, necesito correrme.
- ¿Quieres que me corra contigo? -preguntó en un susurro.
- Claro.

Se volvió a meter mi polla en la boca y envolviéndola otra vez en su abundante saliva me empecé a correr sin remedio. Tras notar las primeras gotas de mi lefa en su boca, se debió de poner tan cachondo que me empezó a dar pollazos en la garganta con fuerza y se me empezó a correr en medio de mi corrida. Una lefa bastante atípica, ni dulce, ni amarga, de las más deliciosas que he probado (Sí, ya se que no que está bien eso de correrse en bocas ajenas, pero tenía 18 años y muchas ganas) y acabamos los dos con lefa chorreando por la comisura de nuestras bocas.

- Joder, tío, estabas necesitado, ¿eh? -me dijo, de buen rollo.
- ¿Tanto se nota?
- ¿A los que lleváis tiempo sin follar? Muchísimo, pero es positivo, a mi me mola mazo, os ponéis muy cerdos que es lo que más me gusta.
- Pufff es que estás bastante bien tío, las fotos no te hacen justicia. Y la chupas de bien...
- ¿Te molaría saber cómo follo, también? Podemos parar un poco si quieres.
- Claro tío.
- Tu estás mazo de bueno también. Es difícil encontrar tíos de tu edad, con tu cuerpo, que no tengan mazo de pluma.

No obstante, aquella noche no podría ser. Su teléfono sonó cuando estaba en el servicio y tras cortar la comunicación, se acercó al baño y me dijo que sus padres iban a llegar antes de lo previsto, pero que podía ducharme si quería. Y lo hice, más que nada porque era consciente del olor a saliva y a sexo que llevaba encima. Cuando empezó a caer el agua templada sobre mi cuerpo, el chaval se metió a la ducha y empezó a besarme la espalda y pasar suavemente sus dedos por el agujero de mi culo:

- Qué pena no poder follártelo hoy... dijo.

Nos dimos una rápida ducha con un algún morreo entre medias. Nos secamos, me vestí, tomé un vaso de agua y nos despedimos. Al salir del portal me encontré con un matrimonio de unos 40 años que, días después, confirmé que efectivamente eran sus padres. 

Por los pelos. 





8 de junio de 2016

CAPÍTULO 155: UNA JOVEN PROMESA CAÍDA EN DESGRACIA (Parte 3)

La noticia de que Fabián había cancelado la boda con su pareja sentimental me cogió totalmente por sorpresa. Después del éxito de las fiestas, de nuestro acalorado encuentro en la caseta del recinto ferial, me quedé en casa de Fabián un par de días más hasta que mis padres regresaran de la playa. Su pareja siempre había sido muy amable conmigo y varias noches la oí gritar de placer al echar polvos con Fabián, con lo cual que diez días después llamara a mi padre para decirle que la boda no se celebraría me hizo ilusionarme y pensar que quizá se habría dado cuenta de que tenía sentimientos por mi más allá de su utilización política.

Así que al poco tiempo de enterarme le mandé un sms, entonces las aplicaciones tipo Whatsapp aún ni estaban en proyecto, para ofrecerle mi apoyo en todo el sentido más completo de la palabra. Fabián se estaba desvinculando lentamente de la dirección regional del partido y focalizando su atención cada vez más en el municipio del que era alcalde. Esto fue algo por lo que me vi perjudicado, ya que sin su influencia y apoyo diario, los que nunca estuvieron a favor de mi nombramiento empezaron a rebelarse. Por cosas que escuchaba en casa y en la sede, algunos daban por hecho que su desmedida ambición le había pasado factura y que 'todos' estaban de acuerdo en que debía centrarse en mantener su municipio para el partido. No era un pueblo grande, pero sí de los pocos de la zona sur de Madrid que les votaban, además desde que Fabián era alcalde, habían aumentado también los votos al partido en otras elecciones de ámbito regional o nacional. Y las próximas autonómicas, con cambio de candidato, se preveían de lo más reñidas, así que hasta el último voto iba a ser importante. Sin embargo, Fabián aún era importante: no había acto en toda la Comunidad para el que no requirieran su presencia y los candidatos en la sombra a suceder al presidente del partido, trataban de hacerse fotos con él y visitar su municipio para ver que también era posible ganar en la zona sur. Así que, perdido su poder orgánico, se centro en su poder fáctico. Y en cuanto a mi respectaba, como coordinador de la zona sur, empecé a actuar más como coordinador de las juventudes del partido en el pueblo de Fabián que como otra cosa. 

Pasaron algunas semanas sin estar en privado con Fabián. Estaba de lo más ocupado trabajando en los presupuestos municipales del año siguiente, recibiendo a empresarios y asociaciones, que prácticamente había conseguido que nos olvidáramos de que se iba a casar. Tan solo le veía en reuniones de partido. Tras casi un mes sin correrme estaba que no podía más. Durante septiembre había estado preparando mi inmediato comienzo universitario, previsto para octubre, y mi nivel de estrés era considerablemente alto, al menos lo suficiente para no ser posible calmarlo con las pajas. Entonces, ese último fin de semana de septiembre, recordé las palabras de Fabián en las que me advertía que si tenía ganas de sexo, le avisara. Para ello debía de llamarle al teléfono personal y ser exclusivamente llamada, nada de mensajes. Nada que dejara huella. 

Así que ese mismo sábado, sabiendo que estaba en casa, le llamé por la mañana y respondió enseguida. Charlamos de todo un poco, ya que últimamente no habíamos podido hacerlo, y a mi me costaba mucho sacar el tema. Es que, vamos a ver, ¿qué le decía? "Oye mira, que es que quiero ir a tu casa y que me eches un buen polvo", como ya os he contado por aquel entonces era más tímido que ahora. El hecho de que Fabián fuera más de un década mayor que yo facilitó un poco las cosas una vez la conversación ya estuvo bastante avanzada y vio que no quería colgar:

- Marcos, ¿quieres contarme algo más?
- Bueno, si... No se como planteártelo... Ya te dije que empiezo la uni este lunes y que septiembre ha sido un mes duro con todo...
- Si, eso ya lo hemos hablado. ¿Qué pasa?
- Que tengo ganas de sexo. Algo más que 'ganas' sería la palabra indicada.
- ¿Y cómo puedo yo ayudarte?
- Invítame a tu casa esta noche. 
- ¿Qué es lo que necesitas de mi? Quiero que lo digas. Dime qué deseas.
- Deseo tu cuerpo fuerte pegado al mío...
- Sí, qué más.
- Rozarnos y magrearnos. Besarte. Comerte la boca.
- Dime qué es realmente lo que quieres.
- Tu polla. En mi boca. En mi culo. 
- Eso está mejor, Marcos, que seas sincero. Nunca te he follado hasta ahora, pero tengo ganas de coger ese culo tuyo. ¿La tienes dura ahora?
- Sí...
- No te toques. No te pajees. ¿Cuándo lo hiciste por última vez?
- Hace 4 días. 
- Bien. Te espero a las diez en punto, no antes. Cógete un taxi y pide factura, yo pago. 

Puedo recordar la conversación como si hubiera tenido lugar ayer, con todos sus matices y, sobre todo, recordando cómo su voz cada vez se volvía más grave y varonil. Sabía que eso me la ponía dura y no desaprovechaba la oportunidad de calentarme de forma muy sutil. Lo que quedaba de día lo dediqué a ponerme un poco presentable: nunca he sido muy velludo, pero reconozco que me gustaba ir totalmente depilado de torso, pubis recortado, polla, huevos y culo totalmente depilados. No era sólo por una estética que me gustaba más de mi propio cuerpo y que consideraba que podría resultar más atractiva, sino que me proporcionaba un mayor placer sexual por raro que parezca. Pasé por la ducha poco antes de salir y me lavé concienzudamente, sobre todo las partes más sensibles. Una vez hube terminado y siguiendo sus instrucciones al pie de la letra, cogí un taxi y di las indicaciones unos veinte minutos antes de la hora acordada.

Llegué a su casa cinco minutos antes de las diez y mientras el taxista me daba la factura con los datos correspondientes, de casa de Fabián salían un par de hombres vestidos con elegantes trajes y zapatos caros. Una vez se marcharon, salí del taxi y llamé a la puerta. Fabián se ocupó de abrir la puerta a la par que se desabrochaba la corbata y los botones superiores de aquella camisa blanca ajustada que se ceñía a su cuerpo dejando poco a la imaginación. Le pregunté si estábamos solos al cerrar la puerta tras de mi y ante su gesto afirmativo me abalancé sobre él y empecé a besarle y magrearle. Se sorprendió por mi ímpetu y mientras chocábamos con algunos muebles y paredes en nuestro camino al sofá, escuché como algunas cosas caían al suelo sin romper. En el camino hasta el sofá me dio tiempo a quitarle la camisa por completo dejando su sudado cuerpo al aire libre. Al contrario que yo, Fabián no se depilaba el torso, se lo recortaba y aquel vello que decoraba su fibrado pecho le daba un aire que me encantaba. Por eso decía antes que me depilaba porque me encontraba más atractivo, pero bien es cierto que hay hombres a los que un poco de vello les suma atractivo. Estaba siendo sin duda el día en el que más fuego había entre él y yo, no tenía reparos en besarme, comerme la boca, meterme la lengua hasta la campanilla, seguir por el cuello, la oreja, incluso su mano me sobó el paquete varias veces. Tumbado en el sofá boca arriba, debajo de mi, le conseguí quitar los zapatos y los pantalones para descubrir unos slip de marca cara color blanco que también le quedaban de maravilla. En ese momento me paró y aprovechó para quitarme la camiseta de tirantes que me había puesto y los pantalones cortos, dejándome también en slips, en mi caso, de color rojo pasión. Volví a caer encima de él y nuestras manos recorrían nuestros respectivos cuerpos, notando nuestras aceleradas respiraciones y aliento caliente, lleno de deseo. Noté como sus manos preferían agarrarme el culo, buscando el agujero, que entretenerse en acariciar mi polla, que parecía que iba a reventar el calzoncillo. Sin embargo, en un golpe de autoridad, me cogió con fuerza de los hombros e incorporándose me dio la vuelta, pasando a estar boca arriba con él dominando la situación encima de mi. Me quitó los calzoncillos con fuerza y me hizo mantener las piernas hacia arriba, metiendo su cabeza entre ellas. Me comió los huevos brevemente a la par que me pajeaba con la mano derecha y su lengua bajó directamente a mi culo, que lamió sin dudar superficialmente. Detuve su mano derecha con mi izquierda, avisándole de que no fuera tan rápido.

- ¿Y si voy rápido, qué? Hoy te vas a correr las veces que yo quiera. Que sea la última vez que me paras -dijo, con seriedad.

Así que volví a recostar mi cabeza en el sofá y, con decisión, Fabián volvió a lamer la parte exterior de mi culo y a pajearme. Empecé a gemir para avisarle de que no podría aguantar mucho más, pero en vez de parar, Fabián aceleró la paja, gemí mucho más y empecé a retorcerme y justo unos segundos antes de correrme, me introdujo de golpe dos dedos envueltos en saliva. Hasta ese momento nunca una corrida mía había llegado tan lejos al salir de mi capullo y el placer que sentí fui inmenso, tanto que Fabián no paró de pajearme hasta que la última gota de lefa salió de mi polla. Después, con más tacto, sacó los dedos, se levantó, abrió el armario de debajo de la tele y volvió a sacar aquella caja de cartón de la que salían pañuelos de papel.

- Bueno, pues ahora que estás descargado y ese ansia se te ha pasado, ¿qué te parece si picamos algo y después continuamos... en la piscina? ¿Alguna vez te has bañado desnudo?

Y no, lo cierto es que hasta ese momento nunca antes me había bañado desnudo.

Fabián se limitó a sacar unas bandejas con canapés variados que tenía en su enorme nevera de dos puertas, de estas neveras que se ven en las series americanas y que cuentan con un dispensador de hielo en la parte exterior. Allí, en aquel mismo sofá, devoramos todos aquellos canapés mientras bebíamos un refresco sin alcohol hablando de todo un poco, pero de nada en concreto. Ese día tenía ante mi al Fabián más morboso que había conocido, pero a su vez al más reservado, al que solo hablaba de temas generales y obviaba asuntos personales, así que directamente no insistí. Recogimos al terminar y pasamos a la piscina. Como ya era de noche, encendió las luces del porche trasero (un par de luces de poca intensidad) y como un niño pequeño me retó a ver quien llegaba antes al agua. La piscina no era muy grande, pero sí daba para hacerse un par de largos, y tampoco cubría mucho, de hecho podía estar de pie en cualquier zona. Hicimos el tonto un rato retándonos a ver quién nadaba más rápido, pero cuando me cansé me apoyé en uno de los bordes para contemplar los trabajados brazos de aquel hombre que nadaba de un lado a otro de su piscina. 

Me miró desde el lado opuesto, se sumergió completamente y apareció frente a mi:

- ¿Cómo es la sensación de tener esto libre en el agua? -me preguntó, masajeándome los huevos. 
- Pues precisamente eso, sensación de libertad -dije.
- ¿Ah si? -respondió, deslizando su dedo índice hasta la entrada de mi culo.

Comenzó a besarme de forma más tranquila que como lo habíamos hecho al llegar a su casa, más pausado, entreteniéndose más en jugar con mi lengua. Empecé a comerle el cuello cuando su dedo índice me penetraba hasta el fondo y decidía introducir también el dedo corazón, en ese momento agarré su polla y se la empecé a acariciar suavemente. Fabián empezó a suspirar al ver que podía meter y sacar sus dos dedos de mi culo con más facilidad de la que imaginaba, el agua sin duda ayudaba en aquella tarea y su polla cada vez estaba más dura. Cogiéndole de los hombros cambiamos de posición pasando a estar él apoyado en la pared de la piscina y yo frente a él. Cogí aire, me sumergí y empecé
a chuparle la polla bajo el agua. Como llevaba años practicando natación y buceo tenía bastante aguante bajo el agua, no obstante tengo que decir que me decepcionó un poco la experiencia. Fabián me seguía besando cada vez que subía a tomar aire y buscaba con ganas mi culo para volver a introducir en el sus dos gruesos dedos que clavaba hasta el fondo. Aquella sensación de tener su cuerpo pegado al mío bajo el agua, con su mano caliente en mi culo, dominando la situación, me llevó a un estado de excitación brutal en el que fui capaz de desconectar todos mis pensamientos:

- ¿Me vas a follar? -le susurré al oído.
- Claro -respondió el, metiéndome los dedos hasta el fondo.
- ¿Aquí? -dije.
- No. Ven.

Cogiéndome de la mano caminamos un par de metros hasta la escalerilla metálica por la que salimos del agua totalmente empalmados. Fabián puso una toalla negra sobre una de las hamacas que tenía alrededor de la piscina y se tumbó boca arriba, masajeándose la polla:

- He dejado un par de condones en el aparador de los bañadores - dijo.

Sabía perfectamente cuál era, fue de ese aparador del que cogí un bañador la primera vez que pisé su casa hacía ya unos meses. Lo abrí, cogí los condones y los dejé al lado de la hamaca.

- Ponte del revés, quiero hacer un 69 -dijo.

Obedecí sin rechistar. Puse mi culo en su cara y mi boca se amorró a su polla para empezar a comerla de arriba a abajo. Sin embargo, Fabián no prestó atención a mi polla, sino que de pronto noté como algo húmedo invadía mi culo y me proporcionaba un placer absoluto. Me lo estaba comiendo. Su lengua entraba con facilidad y, esta vez, la introducía entera combinándolo con sus dedos:

- No puedo más, Marcos -gimió.

Me forzó a darme la vuelta, le puse el condón y me senté sobre su polla introduciéndola muy despacio, algo que Fabián no forzó. Desde luego, no era la primera vez que se follaba un culo. Pasados unos minutos, cuando me acostumbré al dolor de tener aquel rabazo dentro de mi, comencé a cabalgarle viendo cómo ponía los ojos en blanco cuando aceleraba el ritmo. Me dejó controlar la situación cabalgándole un par de minutos más, hasta que se cansó:

- Ahora te vas a enterar.

Se levantó conmigo, me forzó a sentarme en la hamaca poniendo mi torso boca abajo, con las piernas flexionadas, me levantó el culo, me clavó lentamente su polla de nuevo hasta tenerla dentro, me cogió con las dos manos por mi cintura y me folló con fuerza hasta que se corrió dentro de mi gimiendo como un animal y dando unas embestidas bastante fuertes al final. Se me saltaron las lágrimas en una vorágine de sensaciones de dolor y placer mezcladas que me resultaron de lo más placenteras, sacó su polla de mi culo, tiró el condón lleno de leche al suelo, me dio la vuelta, y con una paja me hizo correrme por segunda vez de una forma sorpresivamente abundante teniendo en cuenta que era la segunda vez en menos de dos horas que eyaculaba. Me quedé tirado en la hamaca, boca arriba, con la leche escurriéndose por todas partes, mientras veía a Fabián duchándose en la ducha de la piscina y secándose. Me invitó a hacer lo mismo mientras él recogía.

Después de eso, pasé la noche en su cama, dormimos abrazados y a la mañana siguiente, sin apenas conversación, me pidió un taxi después de desayunar. 

Jamás podría haberme imaginado esa mañana, cuando Fabián me despedía con un abrazo en el porche delantero de su casa y yo me metía en el taxi, que era la última vez que mantenía un encuentro sexual con él. De hecho, no volví a pisar su casa nunca más y las siguientes veces que nos vimos fue exclusivamente en actos de partido, donde mantenía una fría distancia conmigo. Para mi todo ello supuso un shock, ya que me marché de allí aquella mañana haciéndome ilusiones con un futuro con Fabián. Un futuro en el que yo era su pareja, follábamos en su piscina y compartíamos una vida juntos. Un futuro que, en realidad, me había imaginado hacía meses y ese acto no hacía más que confirmarlo. Eso sí, estaba claro que mi futuro imaginario no entraba en absoluto en los planes de Fabián.

Me cansé de que no respondiera a mis llamadas, me cansé de haber caído en desgracia en la organización del partido y poco después de las siguientes Navidades renuncié a todas mis responsabilidades. No cancelé mi afiliación para no afectar a la trayectoria de mi padre, pero lo cierto es que me desvinculé casi por completo de aquel mundo. Como dije antes, coincidí en muchos actos en años siguientes con Fabián. Con mi padre siendo diputado autonómico, tenía que asistir a cenas y actos en los que también estaba Fabián y en los que se limitaba a estrecharme la mano como si no nos hubiéramos conocido nunca. Sin embargo, cada vez que le veía, su aspecto físico estaba más deteriorado y había perdido la luz que siempre tuvo en sus ojos. Me costó recuperarme del golpe, todo hay que decirlo, me centré en mi primer año de carrera universitaria y en los nuevos amigos que iba conociendo, pero pasaron unos cuantos meses hasta que pude dejar de pensar en el con un sentimiento de pena.

Fabián ganó con mayorías aplastantes las dos siguientes elecciones municipales que se celebraron, pero al final de su tercer mandato comenzó a ser sospechoso de determinadas actividades cuanto menos turbias. Tanto sería así que ningún miembro del partido quiso mostrar su apoyo, al menos de forma pública y Fabián fue desterrado de la sede regional. El partido le pidió que no volviera a presentarse a las elecciones hasta que no aclarara todo de lo que le estaban acusando, pero con su poder absoluto logró volver a ser candidato en su municipio y volvió a ganar con mayoría absoluta, eso sí, con un descenso notable de votos. Pocos meses después se vio obligado a dimitir como alcalde al estar inmerso en investigaciones judiciales, aunque para entonces ya había caído en desgracia en el partido, y se desvinculó de la vida pública, con los medios de comunicación locales publicando día sí y día también nuevos, supuestos, asuntos turbios que le afectaban. 


10 de mayo de 2016

CAPÍTULO 154: UNA JOVEN PROMESA CAÍDA EN DESGRACIA (Parte 2)

Una de las habitaciones que nunca conocí de casa de Fabián fue, precisamente, la habitación de matrimonio. Cuando me quedaba a dormir en su chalet, me llevaba a un cuarto de invitados decorado con gusto, dotado de cama de matrimonio, que estaba en la segunda planta y allí dormíamos juntos. Para mi desgracia, aquella primera noche, después de la paja mutua en el sofá, no pasó gran cosa. Nos dimos una ducha, cada uno en un baño diferente, cenamos algo, vimos la tele y nos fuimos a acostar. Nos metimos en la cama en calzoncillos y Fabián conectó el aire acondicionado a la mínima potencia, mientras nos arropábamos hasta la cintura con aquellas sábanas de seda. Me llamaba la atención que aquel cuarto de invitados fuera casi el doble de grande que mi habitación en casa de mis padres. Se quedó dormido enseguida, mientras yo miraba al techo tratando de pensar en cosas que me quitaran la excitación que llevaba encima. Aquella noche dormí mal, es horrible tener unas ganas enormes de sexo, dormir empalmado y no poder calmarte. Una de las veces que conseguí quedarme dormido, al despertarme, me di cuenta que tenía los calzoncillos por los tobillos, a Fabián abrazado a mi desnudo y su polla colocada en la parte exterior de mi culo. Me tenía cogido con su brazo derecho como si fuera un peluche, colocando también una de sus piernas por encima de las mías. Mi erección al despertarme y encontrarme con aquello fue inmediata, además de cuando en cuando, en sueños, a Fabián se le ponía morcillona y se restregaba sutilmente contra mi cuerpo y mi culo buscando el agujero, pero pronto se detenía y su sueño volvía hacerse profundo. Miré el reloj y tan solo eran las 5 de la madrugada, así que con sigilo me desprendí de su brazo y pierna y me dirigí al baño de esa planta. Abrí la taza, me senté y empecé a pajearme frente al espejo del lavabo. Necesitaba correrme para poder dormir algo, si no, iba a ser imposible. No me costó demasiado tiempo alcanzar el orgasmo recordando cómo Fabián se frotaba contra mi minutos antes y justo cuando mi polla expulsaba chorros de lefa que se estrellaban contra el suelo, Fabián abría la puerta del baño y contemplaba fíjamente cómo terminaba de escurrirme la polla. No dijo nada, me miró una vez hube terminado, sonrió, se lavó la cara, bebió agua y volvió a la cama. Me quedé recogiendo aquello, me lavé las manos y regresé junto a él. 

Al despertarme, vi que el reloj marcaba las 11 y que Fabián no estaba mi lado. Y, así, en calzoncillos bajé a la planta baja y él me esperaba en la cocina con un desayuno abundante preparado y listo para comer, mientras leía dos periódicos, uno nacional y otro regional:

- Pensé que no te ibas a despertar nunca, marmota -dijo, con sorna.

- Si, bueno, es que he dormido algo... regular... -expliqué.
- Ya me di cuenta, pero si te pasa otra vez, no hace falta que vayas al baño, si no que me despiertas y...

Una llamada telefónica a su móvil interrumpió lo iba a decir Fabián y la conversación no volvió a reanudarse. Estuvimos charlando de su agenda para la semana y de las vacaciones de verano. Él se marchaba a Córcega con su familia y yo me reuniría con mis amigos de la playa de por aquel entonces, a la par que empezaba a ponerme nervioso por la nueva etapa que empezaría en mi vida a partir de septiembre. En verano toda actividad política se paraliza, así que a mediados de julio en una terracita de uno de los bares más conocidos del pueblo de Fabián nos despedimos hasta la vuelta:

- No hagas nada que te pueda poner en evidencia, se que te están buscando las cosquillas...aguanta a volver y espérame para cualquier cosa que... te apetezca, ya me entiendes -dijo él antes de marcharme.

No hacía falta que dijera nada más, en las pocas conversaciones que habíamos tenido sobre el tema, Fabián había dejado claro que no quería que tuviera ninguna relación aquel verano y que si me calentaba más de la cuenta utilizara a la mano derecha. No iba a ser tampoco un gran problema, ya que entonces mi vida sexual no era tan activa como empezó a ser unos pocos años después. El caso es que me pasé todo el mes de agosto sin tener noticias suyas, sumido en una pequeña tristeza que me quitaba las ganas de hacer cosas. Sentía una atracción por Fabián tal que estar un mes sin saber nada de él me sabía muy mal y eso que no éramos más que buenos amigos. 

Una mañana de finales de agosto mi móvil empezó a sonar con insistencia cuando estaba en la ducha. Al salir pude ver que había tenido 4 llamadas perdidas de Fabián. ¡Por fin! Además, parecía importante dada la insistencia. No pude siquiera pulsar el botón de rellamada, ya que una llamada suya entraba de nuevo.

- Marcos, ¿qué tal el verano? ¿Dónde estás?
- Pues aquí, por Alicante. ¿Y tú? ¿Qué tal han...? -traté de decir sin éxito.
- Te necesito aquí. Ya. No se qué haces todavía allí, macho. 
- No me habías dicho que necesitara volver a finales de... -me volvió a interrumpir.
- Son las fiestas de mi pueblo y te necesito en la organización de la caseta política del partido en el recinto ferial. Tu vas a organizar todo lo que tenga que ver con la organización juvenil y eres esencial aquí. Cógete un tren o lo que sea, pero vuelve ya, mañana a mucho tardar.

Huelga decir que a mis padres, mejor dicho a mi madre, todo aquello no le hizo la más mínima gracia. Sin embargo, por aquel entonces no os podéis hacer a la idea de la servidumbre a la que me había entregado a Fabián durante aquellos meses. Para mi, él no solo era un político local de éxito con evidente atractivo al que le había hecho una paja semanas atrás, para mi se había convertido en alguien al que admiraba absolutamente, como él había previsto que ocurriera. Así que pese a la disconformidad de mi madre, hice la maleta, cogí un billete de autobús y al día siguiente partí a Madrid.

Al llegar a la Estación Sur de Autobuses de Méndez Álvaro vi a Fabián con el casco de la moto esperándome en la dársena del bus, no ya solo esperaba estrecharle la mano, sino que ante mi sorpresa, se abalanzó sobre mi y me dio un abrazo largo y extendido susurrándome 'bienvenido' al oído, con lo que consiguió erizar el pelo de todo mi cuerpo de nuevo. Lo que más me gustaba de montar en moto con él era que mi paquete se pegaba a su culo y nuestros cuerpos parecían fundirse en uno, ya que me abrazaba a él como koala que se sujeta a un árbol. Muchas veces me empalmaba, pero siempre creí que él no lo notaba. Precisamente ese día, ya a toda velocidad por la carretera de Toledo, me empalmé e incluso me atreví a moverme lentamente para notar cierto placer de mi polla frotándose contra su culo, tela vaquera de por medio. Cuando entramos a su pueblo y la velocidad se redujo drásticamente, giró la cabeza y me dijo, esbozando media sonrisa:

- Vienes calentito de la playa, ¿no? 

No respondí, pero lo decía por haber notado mi erección durante el viaje, como seguramente habría notado muchas otras veces. Mi alegría por estar allí de nuevo se esfumó rápidamente cuando al entrar en su casa nos recibió "su chica", la mujer con la que se casaría unos meses después. Al acompañarme a mi habitación, en la que siempre había dormido con él, le eché una mirada que el supo captar, y en voz baja me dijo:

- Es un sol, no te preocupes porque vas a estar muy cómodo a la par que ocupado. Se va en unos días.

"Unos días". ¿Cuánto era eso? A mi lo que menos me apetecía era estar allí unos días con Fabían follándose a su mujer y yo matándome a pajas en aquellas sábanas en las que había dormido con él antes. Lo cierto es que no tuve tiempo de asimilarlo. Fabián empezó a explicarme todo lo que había que hacer para preparar la caseta de fiestas y me agobié solo de pensarlo. Aquella tarde conocí a los miembros de las juventudes del partido de su municipio y también nos visitaban miembros de la organización a nivel regional, no obstante éstos solo venían cuando ya estaba todo montado, a disfrutar y figurar más que a echar una mano. Aquellas semanas aprendí a hacer de todo: albaranes, pedidos, trato con proveedores, tirar cañas, poner cubatas, preparar bocadillos, montaditos, coordinar que la gente cumpliera sus funciones... En definitiva, estuve trabajando sin cobrar, pero así era aquello. Las fiestas eran algo que el partido se tomaba muy en serio: si no te veían colaborar, no eras nadie. 

El fin de semana fue sin duda lo más duro de todo, apenas pisaba la casa de Fabián para dormir, ducharme y cambiarme de ropa. Fue también cuando aprendí que mi radar siempre había funcionado bien. Desde comienzos de semana había un chaval de las juventudes, Álvaro, que se interesaba demasiado por trabajar conmigo y ayudarme, debía ser que su radar-gay también funcionaba. Era un chico más bajito que yo, delgado, moreno, con los ojos marrones, guapo y con culazo, que era en lo que más me había fijado de él, en el culo que marcaba en esos vaqueros de marca. Aparte de la evidente atracción física que sentíamos el uno por el otro, habíamos congeniado bien y las cosas salían a la perfección cuando coordinábamos juntos al equipo. El caso es que la noche del sábado fue un completo desfase. Fabián, a pesar de ser el alcalde, solía colaborar en la caseta, pero el sábado lo había reservado para estar con las peñas del pueblo y con los vecinos, así que al no estar él por allí la cosa se desmadró. Lo curioso es que a las 4 de la madrugada se había largado todo el mundo, menos Álvaro y yo, a quienes nos tocaba pringar y recoger la caseta para dejarla lista de cara al domingo, último día de fiestas. Estábamos tan cansados que una vez todo estuvo recogido, preparé un par de montaditos y un par de copas y me senté con Álvaro en la parte trasera de caseta en unas sillas de plástico de bar. Nos comimos el montadito con ansia y la copa también entró rápido en nuestros cuerpos. Empecé a ver a Álvaro más atractivo de lo que realmente era y como se quejaba de dolor en el cuello, me puse detrás suya a darle un masaje de lo más sensual que él agradecía:

- Si te quitas el delantal y la camiseta podré hacerlo mejor... -le susurré.
- ¿Si? -me dijo girando la cabeza, con media sonrisa.

Se levantó, se quitó el delantal y la camiseta y se quedó mirándome. Tenía un torso totalmente plano con leves formas fibradas que dejaban intuir unos incipientes abdominales y pectorales, sin un solo pelo. 

- Bueno, yo también me la quito para que no te sientas mal -le dije, guiñándole un ojo.

Se volvió a sentar en la silla de plástico y volví a masajearle el cuello, los hombros, la espalda y poco a poco bajaba mis manos un poquito más sin encontrar resistencia, hasta que mi cara estuvo a la altura de la suya. Se giró, me miró y nos empezamos a comer la boca con bastante desenfreno:

- Quiero chupártela, tío... déjame que te la coma... -me decía entre beso y beso. 

Así que cuando estuve bastante caliente de morreos y magreos, me puse delante de él de pie, me bajé los pantalones y me saqué la polla.

- Qué polla tan buena tío, ven aquí -dijo agarrándome del culo tirando hacía el.

Me empezó a mamar la polla con bastante buena técnica y mucha saliva sin quitar las manos de mi culo. Hacía tanto tiempo que no me la chupaban que me temblaban las piernas de forma exagerada (realmente con 18 años recién cumplidos, había chupado yo más veces que tíos a mi). Escuché un ruido y al otro lado de la verja que separaba nuestro recinto de la calle, un policía municipal miraba con interés cómo Álvaro me la chupaba. Cuando fui a detener a Álvaro, el policía se marchó y seguimos a lo nuestro. Le avisé de que me corría y con una paja con su mano derecha me corrí en su pecho con abundancia, cayendo de rodillas por el placer y el cansancio.

Álvaro, ni corto, ni perezoso, se puso de pie y se sacó una gorda polla de algo más de 16 centímetros. Le miré, me guiñó un ojo y se la empecé a mamar. No me apetecía mucho al principio, pero según la fui saboreando en mi boca, aumentaron mis ganas y se la mamé con ansia e ímpetu. Cuando le quedaba poco para correrse, una voz nos distrajo:

- Joder, ¿en serio que no hay sitios más discretos que este para os chupéis las pollas?

Álvaro se quedó petrificado, pero reconocí inmediatamente la voz de Fabián:

- Álvaro, súbete los pantalones, vete a casa y hazte una paja. ¡Largo, ya! Tú, Marcos, te quedas aquí.

Los segundos que Álvaro tardó en subirse los pantalones se me hicieron eternos, después cogió sus cosas y salió corriendo de allí con un tímido "hasta otra". Quise despegar las rodillas del suelo para sentarme en la silla y aguantar la charla, pero Fabián me lo impidió poniéndome un pie en el pecho. 

- ¿Sabes que me ha venido un policía del Ayuntamiento a decirme que había dos maricones haciéndose mamadas en la caseta del partido? Y yo he pensado: no, Marcos no puede ser porque él es más inteligente y no va a joder el día de fiestas. Pero llego aquí y te veo tragando polla del chaval este y... ¿cómo me quedo? Pues con cara de gilipollas al ver que eres más inconsciente de lo que pensaba. Pero... ¿qué pasa? ¿Que has venido de vacaciones con ganas de rabo, no? Pues si quieres rabo, toma rabo, me la vas a comer hasta que te ahogues y no te quiero oír rechistar ni un poco. Quieres rabo, ¿no? Y la mía te gusta, ¿verdad? Si el día que me pajeaste te faltó poco para abalanzarte sobre ella y comértela. Pues ahora vas a tragar.

Toda esta perorata me la soltaba sobándose el paquete para ponérsela dura. Miró alrededor y dijo:

- Ven, vamos dentro. 

Pasamos dentro de la caseta, apagó la luz y poniéndose detrás de mi me obligó a caer de nuevo de rodillas dándome con las suyas en la parte trasera de las mías. Se colocó delante de mi, se sacó su espectacular polla y me la ofreció.

Al principio me dejó mamársela suavemente, pero el punto dominante le salió de nuevo y me agarró con las dos manos por la cabeza obligándome a tragarme su polla entera, hasta la garganta. Se me saltaron las lágrimas varias veces, pero en realidad quería que siguiera, tanto que volvía a estar empalmado de nuevo pese a haberme corrido minutos antes. 

- Te vas a tragar mi lefa, ¿entiendes? A ver si así te sacias bien de rabo... -susurraba. 

Cuando estuvo cerca de correrse me avisó, me clavó la polla en el fondo de la garganta y con unas cuantas suaves embestidas noté cómo su leche se deslizaba por mi garganta camino del estómago, a la par que Fabián gemía con cierta hosquedad. Cuando terminó, se sacó la polla de mi boca y la limpió con un trozo de papel de cocina que había cerca:

- No te lo quiero tener que repetir de nuevo, a ver si queda claro. Si te apetece polla, me lo dices, si te pica el culo, me lo dices, si quieres que te hagan una paja, me lo dices. Pero como te vuelva a ver con otros tíos vas a conocer a un Fabián que no querrías. Dime si lo has entendido. 

Respondí afirmativamente con la cabeza porque no me sentía con fuerzas de pronunciar ni una sola palabra. Me extendió la mano para ayudarme a ponerme en pie y me dio uno de sus abrazos que tanto me gustaban:

- Esto lo hago por ti, Marcos. Todo es por ti. 

Y por primera vez desde que nos conocimos, sus labios y los míos se unieron en uno. 

22 de abril de 2016

CAPÍTULO 153: UNA JOVEN PROMESA CAÍDA EN DESGRACIA (Parte 1)

Cuando tienes un padre al que le apasiona la política, la vive y la disfruta, es imposible no caer en la tentación de conocer un mundo nuevo lleno de oportunidades. Mi padre, ya desde antes de montar la empresa, siempre tuvo unas ideas muy claras y desde joven fue pasando por partidos políticos con los que se identificaba en mayor o menor medida, hasta que dio con uno con el que comulgaba en la mayoría de los aspectos y desde ahí fue creciendo poco a poco hasta ganar peso en su ejecutiva regional y ser, incluso, miembro de la lista electoral regional y, finalmente, elegido diputado autonómico. La época de mayor ascenso de mi padre dentro de la política coincidió con mi último año de instituto, en 2º de bachillerato, y lo recuerdo como una época en la que mi padre apenas estaba en casa. Mi madre, que al principio se quejaba, se dejó seducir por un nuevo círculo de amistades que le proporcionaban un abanico nuevo de tardes de ocio tras el trabajo, que no conocía. Además, con un hijo ya criado y sacándose los estudios bien, sentía que tenía tiempo para abrazar ese mundo que estaba catapultando a su marido a una relativa cuota de poder. Eran fines de semana en los que mis padres se marchaban a convenciones, actos de partido, reuniones internas, cenas, actos con afiliados... Que luego pasaron a ocupar buena parte de sus tardes entre diario. No voy a negar lo evidente y es que el hecho de que mi padre fuera un empresario de relativo éxito, al que le iban bien las cosas conseguidas con su sudor y esfuerzo, le abría muchas puertas en aquel partido político. Cuando le ofrecieron entrar en la ejecutiva regional aún quedaban unos años para las elecciones autonómicas, pero ya se hablaba de que iba a haber un cambio de candidato y que había que tener a las bases movilizadas.

Ahí fue cuando empecé a entrar al juego. Una tarde de un lluvioso mes de enero, de hace ya bastante más de una década, mi padre me comentó que sería ideal que su hijo, es decir, yo, empezara a asistir a algunas reuniones de la directiva juvenil. Dicha directiva apenas tenía presencia destacada en la zona sur de Madrid, donde vivíamos y lo cierto es que me empezó a picar el gusanillo. La primera reunión a la que asistí fue un poco desoladora, ya que apenas había gente y la gente que había era el prototipo más típico del partido que más que atraer a jóvenes, los asustaba. Y un servidor, que aunque era educado nunca se había callado, dijo lo que pensaba con la seguridad de ser "el hijo de" al que no iban a poder apartar si no decía "sí, bwana" a todo lo que en aquellas tristes reuniones se acordaba. Pronto empecé a hacer gracia y destacar por mi carácter, que nadie esperaba, y no tardé en tener un puesto de cierta responsabilidad en la organización juvenil. Sin descuidar los estudios y la preparación para selectividad, comencé a asistir con mi padre a la sede central de partido y allí conocí a un chaval que aún no llegaba a los 30 años y ya era alcalde de su pequeño municipio, aún más al sur del sur de Madrid. A él le llamaremos Fabián.

Además de haber llegado a la alcaldía tan joven, era coordinador de la zona sur del partido y congeniamos enseguida. Él era un chulo en toda regla: alto, pelo engominado, guapo a rabiar, buen cuerpo y buena planta, tanto que nunca he conocido a nadie a quien le quedara tan bien un traje como a él. Aparte de su imponente físico, era un embaucador con mucha labia. No se callaba nada, era cercano, simpático, directo, de los que caen en gracia enseguida y con quien te irías de cañas sin dudarlo. Una vez lo conocías, no te quedaban dudas de por qué había conseguido un resultado tan aplastante en sus primeras elecciones como candidato de su pueblo. En la primera reunión con el en su despacho, estuve bastante cohibido. Una cosa eran reuniones sin importancia entre chavales que quieren cambiarlo todo y otra cosa era ese nivel de formalismo. Tanto que me había presentado allí con unos vaqueros ajustados, unas Reebok blancas de vestir y una camisa-polo azul marino de Blueberry. El resto de chavales y hombres que había por allí iban todos con traje o el que menos, con chinos. Al poco de comenzar la reunión con él, enseguida me dijo que me dejara de tantos formalismos y que mejor nos bajábamos al bar a charlar de todo un poco, que quería conocerme bien. Se quedó sorprendido cuando se enteró de que aún tenía 17 años y que me estaba preparando selectividad, pero le quitó importancia diciendo: 'mírame a mi, llegué a la alcaldía antes de los 30'. Me hizo muchísimas preguntas personales y ya, sí, después empezamos a hablar de cómo reactivar el partido en la zona. Me reuní con él dos o tres veces semanalmente durante 3 meses, más luego todos los actos en los que coincidíamos. Hablábamos a menudo, salíamos a tomar copas, tanto que se convirtió de la noche a la mañana en un amigo, más que un compañero de partido. Además, a mi padre le caía bien y le ponía como ejemplo de un chaval honrado que, pese a no haber acabado los estudios superiores, había conseguido que le votaran mayoritariamente. Con lo cual, no ponía pegas. Siempre me traía y me llevaba en su coche de gama alta o de pasajero en su moto de alta cilindrada, pagaba la mayoría de mis consumiciones sin pedírselo, me protegía y, aunque entonces no me diera cuenta, me había enamorado hasta las trancas de él. 

Quizá me di cuenta de que sentía algo más que admiración política y amistad cuando en convenciones de partido siempre acababa rodeado de chicas jóvenes y no tan jóvenes que le tiraban los tejos sin mucho disimulo. Iban todas detrás de él. Había quien decía, incluso, que sería el próximo candidato autonómico si seguía pisando tan fuerte. Y yo me ponía bastante furioso con aquellas chicas a las que les faltaba poco menos que tirársele al cuello. En aquella convención regional que se hizo poco antes del examen de selectividad pasó algo que dio un vuelco a todo. Por supuesto, mis padres lo sabían y habían dado su consentimiento, pero lo que pasó allí me descolocó los esquemas. Era una convención de alcaldes y portavoces de municipios de la zona sur en un teatro de mediano aforo de Móstoles, tenía sitio reservado con mi padre y mi madre nada menos que en segunda fila, detrás de pesos pesados del partido a nivel regional y nacional. Fabián era el encargado de abrir el acto tras la música de rigor y la presentación de los altos cargos que nos acompañaban, no había nadie mejor que él porque sabía como ganarse al público con chistes y un discurso directo y alejado de formalismos típicos. En menos de diez minutos de discurso le habían aplaudido ya tres veces, sobre todo desde la organización juvenil, de la que el era coordinador de una sus áreas y, aunque no la presidía, todo el mundo sabía que la zona sur era cosa suya:

- Queridos amigos y amigas que hoy nos acompañáis en este importante acto de la zona sur. Aún estamos a dos años de las elecciones, pero hay que salir a por todas, hay que rejuvecener las caras, tener un discurso directo, sin complejos y sin miedos. Por eso, hoy, tengo que daros dos noticias. La primera, es que dejo la coordinación de la organización juvenil para centrarme en gobernar con acierto mi municipio, revalidar con mayoría en dos años y la segunda es presentaros a una joven promesa que me sustituirá con acierto al frente de la coordinadora

Cuando Fabián pronunció mi nombre y apellido y me presentó delante de toda aquella gente, me quedé petrificado, sin saber reaccionar. ¿Cómo? ¡Si llevaba poco más de medio año formando parte de aquello! La sorpresa fue mayúscula, ya que la organización juvenil enmudeció y los aplausos tardaron unos segundos en arrancarse. 

- ¿Pero cómo no me habéis dicho nada? -espeté a mis padres, que con su sonrisa, ya lo sabían todo.
- Vamos, sube, Marcos, coño, que te están esperando -me dijo mi padre.

Y allí, con la misma indumentaria con la que me presenté a la primera reunión con Fabián, subí a que me presentaran como nuevo coordinador de la zona sur. Afortunadamente no tuve que pronunciar ningún discurso ni cosas similares, simplemente un pequeño agradecimiento y un levantamiento de manos que significaba que el turno de Fabián terminaba y debíamos abandonar aquel escenario de madera. 

- No has estado mal, Marcos -me dijo Fabián.
- ¡Venga ya, cabrón! ¡Estas cosas se avisan, joder! -dije, con las manos temblorosas.
- Estas cosas salen mejor cuanto más espontáneas son -dijo convencido.

Se acercó a mi y me dio un largo abrazo con el que pude sentir cada uno de los músculos de su cuerpo.

- A partir de ahora tu vida va a cambiar, pero tienes que seguir formándote a la vez que tomas la organización, yo te ayudaré -me dijo, en un susurro al oído - Tú vales para esto.

Obviamente Fabián estaba jugando conmigo, todo era parte de una estrategia que él tenía en mente para saltar a las altas esferas de la dirección regional del partido en el congreso que se celebraría después de las elecciones municipales, aún con dos años por delante. Veía que mi padre llevaba años subiendo peldaños y quería ganarse puntos de cara a una hipotética composición de listas, en las que él llevaría sus triunfos municipales como principal aval y sus contactos internos como ayuda extra e imprescindible. Yo era un total inexperto, un recién llegado al que muchos miraban con recelo, un chaval que no tenía idea de nada, pero al que le estaban regalando los oídos y modelando para que actuara a las órdenes de Fabián. Y yo de todo aquello no me daba la más mínima cuenta. 

Alterné los meses hasta junio estudiando para selectividad, teniendo mis últimas experiencias con Lolo y Cata y dedicándole al partido cada vez más tiempo.  Fabián se encargaba de tenerme absorbido haciéndome asistir a múltiples reuniones y actos, mandándome a asesores de protocolo para que me aconsejaran,  cuando una vez más, me volvió a pillar por sorpresa, al acabar una extensa reunión:

- Oye, Marcos, confirma con tu padre que habéis recibido la invitación, ¿vale? -dijo, montándose en su moto, tras dejarme en el portal.

¿Qué invitación? Al hablarlo con mi padre me enteré de que Fabián tenía un hijo, estaba actualmente soltero, pero ya preparaba su boda con su futura mujer. Esa era la invitación, a su boda que llegaría en unos meses. Así que si alguna vez pensé en la más mínima posibilidad de tener algo con él (sabía que estaba soltero, pero nada de hijos o mujeres pasadas), con aquello perdí toda la esperanza, porque además, él de gay no tenía absolutamente nada (que no tiene por qué, pero es lo que piensas a los 17). Que me enterara de toda su situación familiar supuso un pequeño bache en mi repentina pasión por la política, pero no implicó que dejara de sentir una profunda atracción por él. 

La cosa se complicó aún más cuando se enteró de que había aprobado la selectividad con unas notas bastante buenas. Nada más meterme en internet y ver las notas, antes incluso de poder llamar a mis padres para darles la noticia, Fabián ya lo sabía y era el primero en darme la enhorabuena por teléfono. "Ya sabes, contactos en la Consejería", me explicó. Y no ya solo eso, sino que me invitaba ese mismo sábado a celebrarlo "como Dios manda" en su chalet. Una casa en la que, por cierto, todavía no había estado, pese a aquella amistad tan absorbente en la que me había metido. 

Mi madre empezaba a mostrarme signos de leve preocupación. Veía que apenas pasaba por casa entre la política, los amigos, el gimnasio y sobre todo, por Fabián; pero, de nuevo, era mi padre el que cegado por el propio Fabián quitaba hierro al asunto y la tranquilizaba:

- Y en esa fiesta a la que vas... ¿va más gente del partido? ¿Gente joven, como tú? -preguntaba mi madre.
- Sí, supongo... -decía yo tratando de mostrarme más convencido de lo que realmente estaba.
- Si bebéis y acabáis tarde, que no te traiga Fabián, ¿has oído? Te coges un taxi o duermes allí, que habitaciones tiene de sobra y si no que le llame tu padre -decía, preocupada.

Lo cierto es que no tenía ni idea en lo que iba a consistir aquella celebración que Fabián, supuestamente, se había encargado de organizar. Esperaba encontrarme a gente de la organización juvenil bien vestida, rollo cuando vas a bodas y tal, así que por primera vez en mi vida decidí ir con traje. Cuando mi padre me dejó delante del imponente chalet de Fabián me quedé asombrado por el poderío económico de aquel chico e imaginé que venía de familia acomodada, aunque si me ponía a pensarlo, en estos meses apenas había hablado de su vida. Llamé al telefonillo exterior, me abrieron la puerta sin responder, cerré, crucé el porche y una señora de unos 50 años me abrió la puerta:

- El señor le espera en la piscina, pase por la entrada, atraviese el pasillo y el salón y saldrá a la parte trasera. Estaré en la cocina para lo que necesiten.

Tal como dijo esa frase se marchó de la entrada, cerró la maciza puerta de madera cuando pasé y, en dirección opuesta a la mía, se perdió. "Vaya nivel", pensé. Escuché a lo lejos que Fabián me llamaba, así que avancé y contemplé boquiabierto la decoración de la casa. Estaba absorto mirándolo todo cuando Fabián me llamó por segunda vez. Le respondí que ya iba (siguiendo la procedencia de la voz) y atravesé la entrada, un pasillo, el salón y la terraza para salir a la parte trasera y encontrarme con Fabián tumbado en una hamaca, en bañador con la piscina a sus pies y un cóctel en la mano. A su lado, había otra hamaca preparada con otro cóctel y una pequeña mesa con lo que parecían pinchos de tortilla y canapés. Lo que más me llamó la atención es que no había nadie más.

- Pero... ¿a dónde vas así chaval? -me dijo, riéndose.
- Joder, si no me dices nada de lo que vamos a hacer... -le contesté.

No paró de reírse, se puso de pie y avanzó hacia donde yo estaba. Me detuve a comprobar su cuerpo perfecto, marcado y bronceado, con un poco de vello en el pecho que le daba un toque muy atractivo y las piernas arqueadas hacia afuera, que siempre me habían gustado tanto, y propias de tíos que juegan o han jugado mucho al fútbol. El bañador era más bien feo, de estos tipo bóxer sueltos, que más que bañador parecían calzoncillos. Me dio un abrazo apretándome fuerte contra él y al oído me susurró: "enhorabuena por esas notazas", lo que provocó que se me erizaran todos los pelos del cuerpo. Abrió un pequeño arcón de madera que estaba al lado de la ventana de la terraza y sacó un bañador similar al suyo que me lanzó:

- Anda, póntelo y deja tu ropa dentro del arcón. 
- Vale, y... ¿dónde me cambio? -pregunté.
- ¿Cómo que dónde? Pues aquí, joder, si nadie te ve -dijo convencido, mientras se dirigía a la hamaca y de un salto se tumbaba en ella, quedando en paralelo a mi.

Miré alrededor y lo cierto es que con los altos setos que rodeaban la piscina nadie veía nada, siempre tuve mi punto pudoroso. Me quité el traje, los zapatos, la corbata, la camisa, los pantalones y cuando me quedé en calzoncillos pude notar cómo Fabián me observaba por el rabillo del ojo. Me di la vuelta con disimulo, me quité los calzoncillos sabiendo que le dejaba ver mi culo y mis huevos y me puse el bañador que me había ofrecido. Se estaba estupendamente allí, a finales de junio en Madrid ya aprieta el calor, así que se agradecía una tarde de piscina. Estuvimos un rato charlando, bebiendo y picando algo de comida, nos dimos unos baños, hicimos un poco el ganso haciéndonos aguadillas y al salir de la piscina nos pusimos debajo de una manguera del jardín para quitarnos el cloro de encima. Una vez empezó a oscurecer, pasamos al salón, nos sentamos en un cómodo y amplio sofá y seguimos allí la charla con música de fondo, hablando de todo un poco, de risas, mientras a mi cada vez me resultaba más complicado dejar de fijarme en su cuerpo y echar miradas furtivas a su paquete de cuando en cuando. Además, cuanto más vino bebía más me atontaba y menos vergüenza quedaba en mi, así que llegó un punto en que lo que menos hacía era mirarle a los ojos. Fabián se daba cuenta de ello, de hecho se llevaba con disimulo la mano al paquete y se lo atusaba cada 3 o 4 minutos, quedándose pendiente de cómo mis ojos no podían resistir fijarse en aquello. Llegado un momento en el que la conversación llegó a su fin, preguntó:

- ¿Te gustaría que llamara a unas amiguitas? Tardarían poco en llegar...
- ¿Unas amigas? Bueno, si a ti te apetece... -contesté.
- No. Hoy estamos celebrando tus resultados. Tú decides -respondió, mirándome a los ojos, desafiante.
- Como veas, Fabián, es tu casa, yo me adapto. Si son majas... -dije, sin terminar la frase.
- ¿Majas? No. Están buenas, si están buenas, esa debería de haber sido tu pregunta -dijo, cortante.
- Es que a mi que estén buenas o no, me da bastante igual -comenté, más por producto del alcohol, que me desinhibía, que de mi propio coraje.
- Eso ya lo sabía, pero quería ver si tenías cojones a decírmelo. Ya te dije cuando nos conocimos que quería saberlo todo sobre ti. Y cuando digo todo, es todo. Si te gustan los tíos, pues te gustan, pero necesito saberlo. Si no, no voy a poder protegerte. 
- Pues sí, me gustan los tíos. Los tíos hechos y derechos -respondí.
- Así está mejor -sonrió, Fabián.

Acto seguido alargó su mano a la mesa baja que estaba delante del sofá, conectó la enorme televisión, puso una conocida plataforma satélite de pago, conectó los canales eróticos y reprodujo una película porno de corte bisexual. Por aquel entonces era de las primeras películas porno bisexuales que veía, siempre me había centrado más en lo puramente gay o totalmente hetero. Unos minutos después, sin ningún tipo de vergüenza se puso de pie, se quitó los calzoncillos y me dejó contemplar aquel rabazo erecto de 18 centímetros, bien proporcionado en anchura y depilado, que reposaba sobre un buen par de huevos redondos. Se volvió a sentar, se escupió en la mano y empezó a acariciarse la polla suavemente:

- No se tu, pero tengo ganas de correrme, así que si no te importa... me la voy a cascar... -dijo mirándome a los ojos y pasándose el pulgar sensualmente por la punta de su capullo.
- Haz... lo que... consideres, estás en tu... en tu... en tu casa -dije, sin quitar ojo a su rabo.
- Pájeate tu también... -dijo, bajándome levemente el bañador con la mano que tenía libre.

Me lo dejé por los tobillos y saqué a relucir mi polla totalmente erecta. Fabián me la miró y no dijo nada. Se colocó pegado a mi, y con su mano izquierda atrapó mi polla y me la empezó a pajear sin quitar la vista de la tele. Con mi mano derecha, pasando mi brazo por encima del suyo, atrapé su polla y le empecé a pajear, lo que provocó un pequeño gemido en él:

- No hacía estas cosas desde los colegas del instituto... -susurró, humedeciéndose los labios.

Aproveché para sobarle los huevos suavemente y me sorprendió no poder abarcarlos con toda la palma de mi mano de lo grandes que eran. Acabó apoyando su cabeza en el respaldo del sofá, mirando al techo, gimió con más intensidad según apretaba su polla con más fuerza y rapidez, aumentó sus respiraciones y se corrió abundantemente pringando mi mano y parte del sofá. No pude quitar el ojo a cómo su capullo expulsaba fuertes chorros de lefa tan blanca como la leche. Volvió a coger mi polla, que había soltado durante su corrida, y me pajeó durante algo menos de un minuto, que fue lo que tardé en correrme, también de forma abundante, con varios chorros. Se levantó en silencio y sacó del armario de debajo de la tele una caja de la que salían pañuelos de papel de marca conocida y nos limpiamos sin decir nada. Pude contemplar sus apretados y apetecibles glúteos mientras andaba delante mía, cogía el teléfono inalámbrico de la mesilla de al lado del sofá y me lo lanzaba:

- Llama a tu casa y dí que te quedas a dormir. 

Me quedé mirándole, allí desnudo frente a mi, como el David de Miguel Ángel, pero con mayores atributos sexuales. Tenía una mezcla de nervios, excitación y ganas de pasar allí la noche. Su mirada penetrante expresaba una seguridad en sí mismo y en todo lo que le rodeaba, que ya me había acostumbrado a tener esa sensación de protección cuando estaba a su lado. Protección, admiración y un enamoramiento tan profundo que acabaría convirtiéndose casi en una dependencia absoluta.

Así que, sí, llamé y dije que me quedaba allí aquella noche.